Nada. Ni ver, ni tocar. Frases bonitas sin ánimo de lucro. Despedidas amargas y vacías. Otra forma de perder el tiempo. Mi vida se consume al ritmo de un cigarro, y esto no es lo que busco. Sumido en la pasividad y buscando el deseo. Harto de no dar un sólo paso al frente por miedo a caer un centímetro más abajo. He detestado las distancias, pero todo lo que tenía lejos ya se ha perdido. La culpa fué mía por no saber buscar las cosas donde tienen que estar.
Hace tiempo que siento como si le hubiese quitado el filtro a la vida, aunque no consigo acostumbrarme a su sabor. Me queman ya los dedos, pero no quiero quejarme. Seguiré fumando esto hasta que me queme los labios. No me rindo.
Una vez hace años, alguien bastante mayor al que no le debo mucho le dije que yo era un infeliz (y lo era). Él me respondió que no me creía, decía que mi sonrisa no reflejaba ni un ápice de infelicidad. La respuesta a esto es que se me da muy bien mentir. Es un don asquerosamente eficaz, del que reniego totalmente. He decidido vivir sin él, asique he tratado de ir hilando todo para no tener que mentir más. Lo cierto es que es imposible, pero al menos se puede decir que casi nunca miento. Me gusta la verdad y, duela o no, pienso decirla siempre que no hunda a nadie. Por eso empiezo este recuerdo reciente:
Doy la última calada a un cigarro, y esto no se corresponde con las referencias anteriores, que pretendían ser una metáfora (al gusto del cliente, a mi me parece bastante mala, pero adecuada a lo que quiero expresar). Salgo al exterior como si no buscase a nadie, con una actitud de "tomar aire" tras el agobio dentro del pub. Miro a los lados con cara de cansancio y no encuentro lo que busco ni calle arriba ni calle abajo. Tan solo veo borrachos desconocidos. Si alguien piensa que yo he bebido está terriblemente equivocado. He pasado horas bailando como si hubiese bebido litros de alcohol, pero lo que me ayudaba no era eso, sino la compañía. Todas las personas que tenía a mi alrededor eran la combinación perfecta para esta noche. Y he pasado horas dominando lo que yo quisiera pero sin la puntería y la capacidad de dar el beso que acabaría con mi ridículo tormento. Me daría una colleja, pero en lugar de eso prefiero reírme. Funciona mejor.
Y estando aquí fuera, pese a no ver a nadie conocido y haber dejado a los amigos dentro no me siento solo. Siento que debo vencer al cansancio y seguir buscando, porque sé que está cerca. Quizás pueda sentir su mirada aunque me dé la espalda. Y tan cerca. ¿No se me pudo ocurrir antes mirar hacia delante? Hasta me pareció ver como si esos preciosos ojos castaños se desviasen para que no los viese mirarme. No tengo forma de confirmarlo, ojalá fuese así. Me acerco al grupillo de cuatro personas a compartir las pocas penas que me quedan tras tenerla cerca.
No me mira. Parece triste y enfadada. Es difícil conocer a alguien que te contagie su estado de ánimo. Ella conmigo lo consigue. No puedo decir nada. Quizá la esté amargando. Allá se van ella y otra gran amiga a otro lugar a hablar de "cosas comprometidas de mujeres". Mientras, nos quedamos los restantes a hablar de "tonterías de hombres", mucho más sanas y desenfadadas.
Esta noche me lo he pasado en grande, aunque me voy con un hueco para algo que faltó terminar. Los aprendidos también hacemos el tonto.
lunes, 26 de julio de 2010
lunes, 19 de julio de 2010
Nos vemos
Hace un año y dos meses que no nos vemos. Eso es mucho tiempo. Más aún si solo nos vimos aquella vez. No fué más que una noche de bailes y besos. Alguno diría "vaya chorrada", pero no es poco, pues la recuerdo como si fuese ayer. Lo pasamos en grande y dijimos cosas bonitas. Mantuvimos el contacto y las ganas de repetir la cita. Surgieron todo tipo de imprevistos para impedirlo como perder el autobús (yo, por supuesto), llevar a algún familiar al hospital (también yo), estar en festivales o eventos lejanos (ehm... yo), ser liado por compañeros (los dos, imagino), estar con nuestra pareja de turno (los dos) y, como no, estar lejos por obligación. Vivimos alegrías y tormentos por separado. Pero esto no se acabó todavía. Es más, está mejor que nunca. Mañana te haré la primera visita en condiciones y podremos recuperar el tiempo que nunca tuvimos en tan sólo un día, quizá una noche. Suena bien. Lástima que luego tengamos que despedirnos por otra larga temporada. Quizás no tan larga. Guardo los "te echaré de menos" para la despedida. La distancia es mi mayor traba. Siempre lo fué. Quizás viva a desmano de mi mismo. No lo sé. Lo único que sé es que mañana te veré y disfrutaremos juntos de un día que posiblemente tarde en repetirse.
lunes, 12 de julio de 2010
Ortigueira
El sol está en su momento más molesto. La piel se resiente con su calor. Las dunas siguen siendo hermosas a pesar de lucir basura y algún que otro excremento. La arena, con su tonalidad oscura, hace que los ojos no sufran tanto la intensa luz del mediodía. Cientos de personas han pasado ya por delante de mí sin tan siquiera advertir mi presencia. En este momento no estoy aquí para llamar la atención, tan solo observo el diminuto horizonte entre la Estaca de Bares y Cabo Ortegal. Es un lugar paradisíaco.
Lejos del silencio, se escuchan conversaciones absurdas, gritos salvajes, ritmos de distintos instrumentos de percusión y acordes de guitarras de muy distintas calidades. Hay tiendas de campaña por todas partes, cientos, miles. El alcohol es el desayuno, el almuerzo y la cena de la mayoría de asistentes. El tabaco es un preciado tesoro y, en manos de muchos, un complemento para los derivados del cáñamo.
Se escucha hablar de todo tipo de drogas, y ya es la segunda vez que se acercan a preguntarnos si queríamos algo. Para mí la cerveza, el vino y el tabaco han sido las únicas drogas a tener en cuenta. Los porros no son tan malos como las leyes dicen, pero no son para mí.
Camino durante largos minutos. La zona de acampada está llegando a su fin.
-¡Yo quiero un tripi!- una chica alza su voz sin ningún complejo. Sinceramente no me importa lo que haga con su cuerpo, pero es algo arriesgado y con poca utilidad a mi parecer. Sepa o no sepa lo que se sienta tengo una cosa clara: yo no quiero un tripi.
Otra duna alta me da una panorámica espectacular de lo que me queda de arenal por delante. Hacia la izquierda el mar y la boca de la ría, con una isla a la que se puede acceder recorriendo una enorme esplanada de agua con una profundidad que no supera las rodillas. A la derecha otro llano semisumergido, una inmensa masa de agua que compone la desembocadura de un río, con pantanos en la lejanía. Todo esto rodeado de verdes montes.
Lo doloroso será volver al bullicio y darse cuenta de que la mayoría no tiene ni idea de la belleza de este lugar más allá de ese campamento. No necesito drogas pudiendo vivir Ortigueira en todo su esplendor. Dicho esto, y sin dejar de pensar lo mismo, me hago con una cerveza y me acerco a los vecinos con una darbuka (o como se llame).
-¿Quien coño se viene a la carpa reggae?- Fácilmente se levantan dos
-¡Vamos!- Responden mientras guardo la cerveza en un bolsillo y me enciendo un cigarro. El comienzo son palabras y sorbos de bebidas alcohólicas. El resto no es más que percusión.
Lejos del silencio, se escuchan conversaciones absurdas, gritos salvajes, ritmos de distintos instrumentos de percusión y acordes de guitarras de muy distintas calidades. Hay tiendas de campaña por todas partes, cientos, miles. El alcohol es el desayuno, el almuerzo y la cena de la mayoría de asistentes. El tabaco es un preciado tesoro y, en manos de muchos, un complemento para los derivados del cáñamo.
Se escucha hablar de todo tipo de drogas, y ya es la segunda vez que se acercan a preguntarnos si queríamos algo. Para mí la cerveza, el vino y el tabaco han sido las únicas drogas a tener en cuenta. Los porros no son tan malos como las leyes dicen, pero no son para mí.
Camino durante largos minutos. La zona de acampada está llegando a su fin.
-¡Yo quiero un tripi!- una chica alza su voz sin ningún complejo. Sinceramente no me importa lo que haga con su cuerpo, pero es algo arriesgado y con poca utilidad a mi parecer. Sepa o no sepa lo que se sienta tengo una cosa clara: yo no quiero un tripi.
Otra duna alta me da una panorámica espectacular de lo que me queda de arenal por delante. Hacia la izquierda el mar y la boca de la ría, con una isla a la que se puede acceder recorriendo una enorme esplanada de agua con una profundidad que no supera las rodillas. A la derecha otro llano semisumergido, una inmensa masa de agua que compone la desembocadura de un río, con pantanos en la lejanía. Todo esto rodeado de verdes montes.
Lo doloroso será volver al bullicio y darse cuenta de que la mayoría no tiene ni idea de la belleza de este lugar más allá de ese campamento. No necesito drogas pudiendo vivir Ortigueira en todo su esplendor. Dicho esto, y sin dejar de pensar lo mismo, me hago con una cerveza y me acerco a los vecinos con una darbuka (o como se llame).
-¿Quien coño se viene a la carpa reggae?- Fácilmente se levantan dos
-¡Vamos!- Responden mientras guardo la cerveza en un bolsillo y me enciendo un cigarro. El comienzo son palabras y sorbos de bebidas alcohólicas. El resto no es más que percusión.
lunes, 5 de julio de 2010
Toquemos
Los largos días de verano son un cambio absoluto de vida. La tranquilidad tiene que llegar, tarde o temprano. Son días en los que la tortura de la inspiración no llega fácilmente. Mejor, hay más tiempo para tomarse las cosas.
Horas que pasan... días, semanas. Parecen la espera de que algo llegue, algo que desconozco. No importa lo que sea, la espera es palpable, se respira. Algo amenaza con llevárselo todo, y ni siquiera sé qué es todo. ¿Me gusta? No, apesta, pero no puedo hacer nada para remediarlo. Ahí está la música para hacerlo más llevadero. Con la música se puede decir cualquier cosa. No sólo las palabras o los sonidos. La actitud, el estilo, las maneras. ¿Hay algo más hermoso que el paseo fluído de los dedos por el mástil de una guitarra? Sí, es posible, pero no voy a hablar de ello ahora. No es momento de decir cosas verdes. Me conformo con ver rápidos movimientos a través de la madera de palorosa, pareciendo no existir las seis cuerdas que se aprietan y mueven al antojo de un buen guitarrista.
La cuelgo sobre mis hombros. Es una carga considerable que rebaja mi espalda pero levanta mi espíritu. Vibra al querer oír el complemento de mis palabras. Sonríe con las caricias rítmicas que practico sobre sus cuerdas, a veces vagas e imprecisas, a veces fuertes y decididas. Si la suelto las sombras se abalanzan sobre mí, y creedme si digo que pesan más.
No soy un buen guitarrista, pero no necesito serlo. Me conformo con aportar lo que pueda. Después de todo a alguien le tendrá que gustar.
Lo de cantar queda para determinadas ocasiones, además, mi voz es grave, a veces rasgada y con un registro reducido. Lo que importa no es la voz, sino lo que tenga que decir. Si además de eso suena bien, perfecto.
Horas que pasan... días, semanas. Parecen la espera de que algo llegue, algo que desconozco. No importa lo que sea, la espera es palpable, se respira. Algo amenaza con llevárselo todo, y ni siquiera sé qué es todo. ¿Me gusta? No, apesta, pero no puedo hacer nada para remediarlo. Ahí está la música para hacerlo más llevadero. Con la música se puede decir cualquier cosa. No sólo las palabras o los sonidos. La actitud, el estilo, las maneras. ¿Hay algo más hermoso que el paseo fluído de los dedos por el mástil de una guitarra? Sí, es posible, pero no voy a hablar de ello ahora. No es momento de decir cosas verdes. Me conformo con ver rápidos movimientos a través de la madera de palorosa, pareciendo no existir las seis cuerdas que se aprietan y mueven al antojo de un buen guitarrista.
La cuelgo sobre mis hombros. Es una carga considerable que rebaja mi espalda pero levanta mi espíritu. Vibra al querer oír el complemento de mis palabras. Sonríe con las caricias rítmicas que practico sobre sus cuerdas, a veces vagas e imprecisas, a veces fuertes y decididas. Si la suelto las sombras se abalanzan sobre mí, y creedme si digo que pesan más.
No soy un buen guitarrista, pero no necesito serlo. Me conformo con aportar lo que pueda. Después de todo a alguien le tendrá que gustar.
Lo de cantar queda para determinadas ocasiones, además, mi voz es grave, a veces rasgada y con un registro reducido. Lo que importa no es la voz, sino lo que tenga que decir. Si además de eso suena bien, perfecto.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)