miércoles, 24 de noviembre de 2010

La camarera. Segunda parte


Eran felices. Y podrían seguir siéndolo durante mucho tiempo. Pero un día alguien tocó al timbre. Juan estaba trabajando. Era un antiguo cliente llamado Armando. Un hombre de unos sesenta años. Bajo y de pelo blanco. Con una lucidez y forma dignas de alguien con veinte años menos. No le gustaba lo más mínimo volver a verle. Recordaba que a pesar de haberla tratado siempre bien, era un hombre orgulloso y un tanto déspota. Además estaba casado.
-Hola monada
-¿Qué quieres?- no se atrevería a desprender la cadena de la puerta.
-Hablar contigo. Creo que te puede interesar mucho lo que vaya a decir. Espero que me entiendas, ya que veo que todavía te cuesta nuestra lengua.
-Sea lo que sea dilo desde ahí. No pienso abrirte la puerta- él puso una sonrisa exagerada. Casi insultante.
-Pues tendrás que abrir la puerta o poner un banco delante, que este pobre anciano no puede estar de pié mucho tiempo.
-Pues ve al grano y podrás irte antes- se puso más serio.
-Bien. Dos cosas. La primera que te echo de menos y quiero volver a acostarme contigo. La segunda que te conviene abrirme la puerta. Juan es mi amigo y no me gustaría dejarle sin trabajo por tu culpa.
-Pero...
-No es necesario que lleguemos a esos extremos. Seguro que podemos entendernos muy bien- volvió a sonreír. Ella dudó, pero acabó por abrir la puerta. Él entró y se sentó en un sillón del salón. Mientras la miraba de arriba a abajo siguió:
-Seguramente oirías decir a la gente que tengo mucho dinero y poder. Sencillamente eso me da igual. Yo simplemente hago ofertas y punto. Sé que andáis mal de dinero y creo que puedo ayudaros. Hoy estoy generoso.
-No voy a prostituírme
-No te voy a pedir tal menester, querida. Siéntate y escucha con atención- lentamente, ella fué haciéndole caso.
-Resulta que hace tiempo, en el local de aquí abajo, había un bar que yo frecuentaba. No era gran cosa, pero me gustaba. Me gustaban sus tapas, me gustaba su bebida y me gustaba su camarera. Ahora está cerrado y se me parte el alma. Del mismo modo que cuando Juan me pidió dinero. Yo sabía para qué era. Era para sacarte de aquel tugurio y cambiarte la vida.
Ella no podía creer lo que oía. Sentía dolor de deberle algo a aquel hombre. Recordaba a Juan decir: "no le deberás nada a nadie". Se vió desesperada mientras escuchaba a Armando:
-Quiero que ese bar vuelva a abrir, asique lo voy a comprar. Quiero que vosotros dos os encargueis de él. Os pagaré bien. Además, vivís justo encima. Es el sueño de cualquier hostelero.
La pobre mujer estaba hecha un ovillo a la esquina del sofá. Sabía que era una oferta espectacular. Pero al mismo tiempo también sabía la condición a la que estaba sujeta: tenía que acostarse con él. No una vez, sino asiduamente. Con lágrimas en los ojos dijo:
-Bien ¿Cuando quiere acostarse conmigo?
-Ahora mismo, por ejemplo
Pese a verse obligada a recibir estas visitas casi a diario, comenzó a trabajar en el bar. Ya en la inauguración se llenó de gente. El negocio prometía. Desde el primer momento tuvo clientela. Juan también atendía del bar pese a no haber dejado su trabajo. Armando estaba encantado, pese a que no había pedido una gran comisión. Los que atendían en la barra eran socios, no trabajadores de contrato. La joven nunca había visto tanto dinero en sus manos.
Pensaba en su pasado miserable, sus penurias, sus desgracias como algo que ya nunca volvería. Tenía ya veintiún años y la vida solucionada. Con todos los pagos al día y un sitio privilegiado en el que vivir. La felicidad apenas se rompía con las visitas del anciano. Aunque se sentía comprada, no le importaba ya.
Todo parecía ir bien. No faltaba dinero. Su trabajo era estable. Después de un tiempo, Juan y ella decidieron tener un hijo. No tuvieron ningún problema. Contrataron como camarera a una de sus ex-compañeras y recibieron ayuda de amigos, principalmente de la madre de Marcos. A los nueve meses nació Gabriela. Del mismo color aceitunado que su madre. Con sus oscuros ojos. La cara era inconfundible como la suya. Y del padre heredaba unas grandes orejas, "aunque no tan feas" dirían algunos bromeando.
Tras un año perfecto y con el permiso de Juan, ella pudo traer a su hermana de Sâo Paulo. La contrataron de camarera y vivía con ellos. La caja registradora seguía sin resentirse.
Al bar llegaban marineros y trabajadores del puerto, además de obreros. Apenas había jóvenes. Y con ese ambiente pronto chocaría Gabriela. Cuando empezó a ir a la guardería, después se pasaba las tardes jugando en el bar. Los problemas en un bar de este tipo no empiezan por la noche, sino a cualquier hora. Con tan solo cuatro años convivía a diario con gente alcoholizada. Respiraba el humo del tabaco y contestaba impertinencias de clientes poco amables. Veía a sus padres cada vez más cansados mandarla a dormir, y les veía llegar a casa embriagados. Aquellas dos personas felices que le habían enseñado todo se habían convertido en dos infelices. Dos personas agobiadas por la gente y el alcohol. Su madre había engordado mucho. No intentaba cuidarse. La vida no la trataba lo suficientemente bien.
Muchas camareras habían pasado por el local y se habían ido ya. El dinero ya no sobraba. La gestión que la pareja hacía del local era cada vez peor. Tan solo quedaban sus padres y su tía, aunque esta estaba embarazada. A veces Armando era el que atendía en la barra. Juan ya sabía que se acostaba con su pareja, pero nada podía hacer si no quería que les quitase el bar. A veces tenía discusiones con ella:
-¡Maldigo el día en que aceptaste esa asquerosa oferta!
-¡Tú también aceptaste su sucio dinero para sacarme de aquel tugurio!
-No a cambio de sexo
-Si le dijiste que era por mí y aceptó debías suponer algo así.
-Nunca se lo dije. ¿A qué viene eso ahora?
-Él me dijo que lo sabía.
-Sabes perfectamente como es. Si por él fuese estarías todavía en el club para que te pudiese ir a ver a diario. No le dije para qué era el dinero. Además, tuve que devolvérselo. ¿Todavía crees que es un santo?
-¡No!- y se encerró en el baño a llorar.
Y aguantaron mucho esta situación, pero el alcohol pasa factura. Los insultos e impertinencias de Armando irritaban a Juan cada vez más. Armando era un hombre vanidoso y jactancioso. Parecía sentirse orgulloso de que Juan le odiase, aunque no tenía conocimiento de que también sabía de su secreto. El joven muchos apretones de dientes tuvo que soportar y muchas frases hipócritas tuvo que decir.
Pero un día no soportó más la presión y se abalanzó sobre Armando. Le atizó en la cara sucesivas veces. Le golpeó en las costillas. Sentía su rabia desaparecer con cada crujido que escuchaba en el cuerpo del anciano. Seguía golpeándole mientras el otro apenas podía defenderse. Una tras otra pero nunca llegaba el final. Cuando paró se quedó quieto, de pié, mirando a su víctima en el suelo esbozar una sonrisa de victoria.
-Estupendo, Juan. Veo que lo sabes todo. Ahora se acabó todo. Estoy deseando verte en la cárcel de Teixeiro.
-Cállate maldito gusano- decía mientras le ayudaba a ponerse de pié -¿Sabes lo que va a pasar ahora?- Armando nunca había visto a Juan tan enfadado. Su esbozo de risa se borró cuando éste le agarró por la nuca y puso su cara mirando a través del gran cristal del lado de la entrada.
-Juan, no lo hagas. Es una locura. Lo perderás todo- Y sin hacerle caso, Juan guió su cara con fuerza a través del cristal, que provocó el ruído más escandaloso jamás escuchado dentro del bar. Y así el agresor se marchó caminando sin mirar atrás. No le volverían a ver. Ni los testigos, ni Armando, ni su amante, ni su hija. No volvería al lugar donde se sintió humillado durante años.
Todo el mundo podía recordar aquel cuerpo tirado contra un coche, cubierto de cristales y restos de sangre. Nunca nadie había imaginado que alguien tuviese el coraje de hacerle eso a Armando. Sería una sentencia. Una locura.
Las hermanas brasileñas fueron a verle al hospital. Él se negó a recibirlas. Estaba muy enfadado. Sabían que el bar cerraría. Tarde o temprano él saldría y si hiciese falta reduciría el edificio a cenizas.
Al día siguiente la policía con un agente de los servicios sociales entró en el local cerrado y se llevaron a Gabriela. Lo hicieron arrancándosela de los brazos a su madre. A la joven de venticinco años que se resistía violentamente a que se llevasen a su hija la golpearon sucesivas veces. Quedó en el suelo derrumbada entre lágrimas y gritos desesperados. Sabía por qué habían venido. Sólo Armando podría haberlo hecho. Juró que le mataría. Que le haría sufrir más que lo que nunca hubiese sufrido.
Poco después se levantó dolorida y fué junto a su hermana a casa. Le dió la cartilla del banco y le dijo que sacase todo el dinero de ella y se fuese lejos. Que iniciase una nueva vida con lo poco que había y se olvidase de ella. La convenció.
Todas esas cosas debe tener ahora mismo esa mujer en la cabeza mientras me sirve el whisky con hielo. Hoy no ha bebido. Sus ojos están húmedos. El bar en silencio. Nadie se atreve a romper el luto. Nadie se fija hoy en el destrozado Joaquín, apoyado moribundo sobre la barra. Nadie se atreve a pronunciar el nombre del bar que hace honor al perro de Armando. Tampoco existen las agallas para decir alguna frase de esperanza que pueda tocar lo más mínimo una herida que todavía escupe sangre.
A mi derecha, al lado de la salida, el hueco del gran cristal ha sido burdamente tapado con un plástico. No parece que vaya a venir nadie a arreglarlo.

(Historia basada en hechos reales)

martes, 23 de noviembre de 2010

La camarera. Primera parte


La camarera de siempre me sirve otro vaso de whisky con hielo sobre la barra impoluta. Si tuviese que hablar de ella diría que es joven. Con unas bellas facciones, aunque anchas caderas. Apenas sobrepasa los venticinco. En los últimos tiempos, pese a mostrar permanentemente una alegría ebria que mantenía cerca a la clientela (en su mayoría hombres deprimidos y sumidos en el alcoholismo), sus ojos lloraban de rabia e impotencia. Con una hija de apenas cuatro años rondando por el local expuesta a las miradas, mimos y sandeces de marineros y obreros que huelen a vino.
Se sabía que era menor de edad cuando le ofrecieron venirse a este país. No quería más miseria de Sâo Paulo. No le importaba lo que tuviese que hacer para venir. Creyó que vivir aquí sería como el cielo. Pero no la trajeron para hacerle un favor. La trajeron para sacar provecho de su cuerpo.
Durante años estuvo en aquel club de alterne. Al principio lo vió horrible. Una habitación, una barra que atender y muy poco dinero. Le habían prometido mucho más, pero el resto se lo llevaban como "pago del viaje". No le importaba demasiado mientras fuese suficiente para llamar a su hermana en ultramar de vez en cuando. Además, siempre le traían la comida o la llevaban junto a muchas de sus compañeras a comer en restaurantes cercanos. Sentía que estaba haciendo lo correcto. Que no se había equivocado. Tarde o temprano acabaría su deuda y podría hacer lo que quisiese.
Pero el tiempo pasaba. A su cuerpo, delgado y con curvas, le pasaban factura el alcohol y las drogas. Y no solo eso. Enfermaba muy a menudo. Apenas se recuperaba y ya tenía que volver a recibir clientes. Saciaba la virilidad de hombres infelices y jóvenes borrachos. Algunos menores que ella y otros que triplicaban su edad. Rasgaban su piel. Le mordían los senos. Lamían su cuello. Y tenía que darles a entender que le gustaba aunque por dentro la repugnancia le hiciese mella. Tenía que decir "fóllame" aunque no supiese pronunciar bien la palabra. Si lo hacía así saldría antes de allí. Ganaría más dinero.
Había pasado un año. Había engordado y sus uñas estaban secas y cuarteadas de servir alcohol. Al menos su cara parecía igual de hermosa que antes de llegar. Todavía tenía una deuda, pero en el local ya no disponía de cobijo. Otra joven menor debía ocupar su habitación, y se suponía que ella ya era mayor de edad y que tenía que vivir fuera. Pero debía seguir trabajando allí. Apenas la dejarían estar una semana más, y no tenía dinero. Su situación era desesperada. ¿Cómo podría pagarse un alquiler si aún no le daban suficiente dinero?
Los clientes pasaban uno tras otro. Hasta que llegó uno joven, de unos ventitrés. Ya había acudido más veces, pero esta vez no le pidió directamente una cita. Había hablado con el responsable del local y ahora venía a hacerle una oferta:
-Hola, bonita- en el gesto de su cara podía ver que ya no le gustaba tanto como antes -me he enterado que estás buscando un sitio donde vivir. Creo que puedo ayudarte. Vivo con mi madre en el pueblo. En el piso solemos dar cobijo a chicas de este sitio. También tenemos dos niñas que son hijas de Fátima y Branca.- Se quedó asombrada. No sabía que aquellas compañeras suyas tenían hijas. Habían hablado mucho, pero nunca se lo habían comentado. -Estarías mucho mejor que aquí, y el jefe te iría a buscar en coche. Si no puede también te podría traer yo en moto.
-Parece una buena oferta- dijo con dedicación pese a su torpe castellano -pero no tengo mucho dinero para pagar eso.
-No te preocupes por el dinero. A partir de ahora aquí te darán algo más y es el jefe el que nos pasa tu pensión. No tienes que pagar nada.
No hace falta decir que aceptó la oferta. Era su única opción. Al fin y al cabo no estaba tan mal. Estaba mucho mejor que en la sucia habitación del local. De hecho nunca había dormido en una cama tan limpia y suave. Eso la hacía sentirse como en un lugar civilizado, aunque eso no existiese en su entorno. Un lugar limpio y con gente que la trataba con cariño. Con el cariño de una madre. María, la madre de Marcos, el joven que la había llevado hasta allí.
Las niñas se pasaban el día jugando. Haciendo ruído. Un ruído mucho más alegre y divertido que el que se escuchaba en la barra de un bar. No conversaban sobre fútbol, ni nadie le ofrecía una copa ni drogas de todo tipo. Aquel lugar hacía que empezase a odiar el club. Eran como el cielo y el infierno. Antes vivía en ese infierno. Ahora solo pasaba allí unas horas al día. Y algunos días incluso no tenía por qué ir.
María le enseñó a cocinar. Aprendió muy rápido. Recordó su niñez dentro de una favela mientras miraba, junto a su hermana y sus tres hermanos varones, a su madre cocinar. Recordaba algunas de aquellas recetas, pero nunca se había propuesto hacerlas. Era el momento. Y juntas, maestra y alumna aprendieron una de la otra las recetas de dos países muy dispares. Muy alejados. Y se comunicaban en una lengua muy cercana a los dos: el gallego. Una lengua que a ninguna de las dos le costaba demasiado hablar. Una lengua común. Esa misma lengua que muchos dicen que no lleva a ninguna parte. Una lengua despreciada.
Y al mismo tiempo que se sentía más a gusto en casa, más detestaba su trabajo. Llegó a estar mucho más deprimida que antes. Día tras día en aquel antro insalubre sirviendo copas y alternando la barra con las habitaciones. Empezaba a evitar mirar al dueño a la cara. Lo odiaba. Desearía coger un cuchillo y apuñalarlo hasta la saciedad. No veía en él ni un ápice de piedad. Ella tampoco la tendría. No lo culpaba por sacarla de su tierra, lo culpaba por robarle. Hacía ya tiempo que había saldado su deuda con creces y aquel hombre seguía llevándose la mayor parte de lo que cobraba. ¿Se creía el dueño de su alma? Pero no tenía elección. Mientras él no dijese que la deuda estaba saldada no tenía más remedio que quedarse.
Un día de primavera veía a los niños jugar en la hierba del parque. Lo que tiene la primavera en este lugar es que nunca se le podría llamar así. Simplemente es un invierno con más luz. Y así se sentía ella. En un infierno con más luz. Un hombre se sentó a su lado en el banco. Ella no apartó la mirada, pero reconoció la voz.
-Desde que te conozco siento la necesidad de arrancarte una sonrisa. Hasta ahora no he encontrado el momento.- lo miró sin saber qué decir. Era otro cliente. Le recordaba más tímido de lo habitual. Sus miradas nunca le habían resultado tan lascivas como las del resto. Desde el principio la había respetado más que cualquier otro cliente. Pero ella nunca se lo había planteado. Para ella, ese hombre era un sucio salvaje como todos los demás. Hasta aquel momento. Otros muchos habían hecho lo mismo de acercarse a ella fuera del club. Algunos incluso de forma ciertamente violenta. Pero sintió la necesidad de confiar en ese hombre. Un hombre muy alto de unos ventisiete con una barriga no muy grande pero redonda y prominente. Con una larga cabellera negra y riza de aspecto descuidado. Con unas orejas enormes y abiertas y unos dientes largos y amarillos. Era alguien que difícilmente conquistaría a una mujer. Pero ya lo había hecho. La pena no enamora a nadie. Realmente, por extravagante que sonase, sentía que ella misma daba lástima al lado de él. Sentía que tenía la necesidad de que aquel hombre la hiciese sonreír. Sabía que él podría hacerlo mucho antes de que empezase a hablar.
-Es posible que no sea el hombre más guapo que conozcas, ni el más rico. También seguramente sea uno de los más tontos. Tengo vicios, aunque no demasiados. Antes de que empieces a juzgarme te diré que posiblemente sea el único al que le importa tu felicidad. Lo sé porque no he visto a nadie más plantearse si te gusta tu trabajo. Si realmente eres feliz con lo que haces. No digo que esté mal, pero por tu mirada sé que no me equivoco al pensar que lo odias. Que te gustaría quedar libre y poder trabajar en lo que quisieses de una vez. Que matarías por salir del club.- mientras él hablaba a ella se le humedecían los ojos.
-Antes de pensar en todo lo que te acabo de decir quiero que me escuches con atención. Yo te sacaré de ese antro. No le deberás nada a nadie. No necesitarás a nadie si no quieres. Te preguntaré si quieres venir conmigo, aunque no será más que una pregunta. Podrás decidir tu misma si quieres o no venir. No es una condición. Pagaré tu deuda de todas formas. Lo haré porque lo necesito. Necesito que te vengas conmigo o te vayas para siempre.
Ella le miraba entre lágrimas con la boca entreabierta. No podía creer que alguien estuviese dispuesto a hacer algo así por ella. Nunca nadie le había ofrecido algo tan grande. Tanta generosidad. Sabía que podía confiar en él, pero al mismo tiempo, ni siquiera de aquel hombre podría salir algo así. Se acercó a él y le besó.
-Claro que acepto ir contigo. Si lo que dices es una broma, al menos es lo mejor que he oído nunca.
-Hay algo que sí es una broma. En este país trabajar en lo que quieras es una verdadera broma. Pero algo donde elegir sí que hay- ella consiguió reírse mientras se secaba las lágrimas. Tenía ganas de correr, de saltar... de seguir al hombre a donde él fuese. De apoyarle y besarle. De regalarle sus mejores sonrisas y hacerle el amor.
Una semana después ya estaba viviendo en su casa. Un piso similar al anterior. Una vivienda típica del país. Nunca se imaginó que pudiese haber tantas así. Paredes blancas de gotelé. Zócalos bajos en todas las paredes. Parqué. Plaquetas blancas. Mobiliario de baño completo. Cocina con múltiples electrodomésticos. Se sentía feliz haciendo las labores domésticas en un sitio tan marabilloso. Fácil. Cómodo.
Sus días eran mucho más alegres sin el club. Su compañero se llamaba Juan y trabajaba como operario de máquinas pesadas. Ella ya había notado que no oía demasiado bien debido a los ruídos que tenía que soportr en su trabajo. Pero quería cuidarlo. Darle todo lo que necesitase, pues él a ella ya se lo había dado. Además, por primera vez desde niña se sentía protegida.
Pasaron varios meses en los que el dinero era la única preocupación que tenían. Alejada de las drogas y el alcohol, tan solo fumaba algún cigarro de vez en cuando. Juan parecía seguir la misma línea apenas añadiendo algo de vino a la comida o hasta una cerveza en el trabajo.
Eran felices. Y podrían seguir siéndolo durante mucho tiempo. Pero un día alguien tocó al timbre. Juan estaba trabajando.

domingo, 14 de noviembre de 2010

Madrid te odia. Cuarta parte


Al llegar al depósito cogimos todo lo que pudimos llevarnos de equipajes. También admiramos un Bentley Continental que había ido a parar allí por un pinchazo. Parece bastante lógico que quien tiene un Bentley no se mancha las manos para poner la rueda de repuesto. Coche inglés. Orgullo inglés de varón inglés en su casa inglesa en medio de los montes ingleses. Y como buen inglés, lamentándose de no haber elegido el color de carrocería Verde Británico.
-Ese coche es una pasada. Es un Bugatti "Vayron".- El hombre de la grúa era cómico se mirase desde donde se mirase. Se confundía con el coche, incluso con las vocales, pero no quise sacarlo de su error. Parecía feliz pensando eso. -Cuesta unos doscientos mil euros.- Al menos con el precio no iba desencaminado respecto a lo que tenía delante.
Fué a hablar con el empleado de la entrada del depósito y se marchó rápidamente saludando. Era un buen tipo.
Luego fui yo a hablar con el mismo hombre por si me podía dejar un momento las llaves de mi coche, que tenían en el mismo llavero las de mi piso en Ferrol y quería coger la guitarra aunque fuese un momento mientras esperaba, ya que no podía llevar más cosas.
-Las llaves las tiene el de la grúa.- Mierda. Ya la liamos un poco más.
Durante tres largas horas estuvimos en aquel depósito llamando a los del seguro insistentemente mientras tocábamos la guitarra que nos prestó el recepcionista y hablábamos de cómo podíamos suicidarnos, del asco que dábamos y del hambre que teníamos. Son temas cómicamente recurrentes cuando las cosas nos salen extremadamente mal. También hablé con el hombre de recepción, aunque dabía de llevar poco en este país a juzgar por su pregunta de "¿Lugo que está, en Barcelona?".
Al fin llamó el taxista preguntando dónde estábamos (a pesar de que los del seguro sabían perfectamente donde, las indicaciones que le dieron al pobre hombre no eran correctas). Y llegó por fin. Subimos aliviados pese a que nos costase 54 euros el viaje excluída la parte que pagaba el seguro. Hablamos bastante con el chófer, que nos dió a conocer que habíamos estado en el lugar equivocado de Madrid.
-Al sur todo es mucho más barato y hay muchos más sitios a los que ir. El ambiente es mucho mejor.- También nos habló de que era de ascendencia gallega, que los jóvenes cogían el coche estando borrachos, que los heavies fumaban porros y que se emborrachaban, que los poligoneros se drogaban y montaban peleas sin sentido, que la situación económica estaba muy mal, que al norte de Madrid no había supermercados, que tenía resaca... y muchas cosas más. Era un buen tipo y muy hablador.
Al dejarnos en Chamartín nos advirtió de que vigilásemos con recelo nuestros equipajes y se marchó con la expresión de "me voy a dormir". Nosotros salimos en tropel en busca de un sitio donde comer. Eran las seis y no podíamos más.
El tren salía a las 10:30. El seguro había elegido así nuestro traslado. Introducimos en la máquina de tiquets un código que nos proporcionaron por teléfono y allí estaban nuestros pases. Qué felices nos hizo ver la inscripción "tren hotel". Al menos podríamos dormir en literas.
Gastamos el tiempo que nos quedaba mirando tiendas de curiosidades, viendo mapas del metro, hablando de que estábamos muertos y que nada era real, etc.
Al llegar la hora fuímos hasta el andén y nos encontramos con un tren kilométrico.
-Vagón 212. A buscar.- Y mientras lo recorríamos veíamos que todos los vagones tenían literas. Hasta cuatro por habitación. También había de vez en cuando un vagón cafetería-restaurante. Todos los vagones eran así de atractivos. Todos menos uno. El 212. El primer vagón del tren. Casi diez minutos de caminata para llegar a él. Pegado a la primera locomotora. El vagón más viejo de todos. El más ruidoso. El único sin literas. El único sin acceso a un vagón cafetería-restaurante. Por supuesto, nuestros asientos estaban asignados, no los podíamos elegir. Al menos estábamos los tres juntos.
-Ya sabéis que el hecho de que vayamos en este vagón tiene un fin. Es el vagón que más daños sufrirá cuando descarrilemos dentro de una hora.- dije con humor tremendista.
Así salimos hacia Lugo en un trayecto de ocho horas y media. No se podía dormir con aquel ruído. Chillidos infernales bajo el suelo. El motor sonando con fuerza. Crujidos muy desalentadores en la parte trasera del vagón. Asientos de avión en los que no sabías dónde meter los pies. Así ocho horas y media. Doloroso.
Llegar a Lugo fué como haber salido del infierno. No importaba el frío. Era como nuestra casa. Alberto se quedaba. Pero Javi y yo debíamos seguir. Un autocar salía un par de horas más tarde. Llegar a la estación de autobuses tuvo su ciencia. Estábamos agotados y llevábamos mucha carga. Pero al llegar tomamos un café. No serviría de mucho, pero al menos tomamos algo caliente. Cuando pagamos hablamos con un joven que se tomaba un chupito de Santa Teresa:
-Joder ¡Qué huevos!
-Esto es sólo lo primero del día. Luego van más. Como pille al negro que apuñaló a mi amigo no lo cuenta. Más le vale que no lo vea.
-Buff...
-Esque vino a por él. Y no se había metido con nadie. Ahora está en el hospital y seguramente no salga de allí. Esque como pille al negro ese...- era una historia terrible. No podía juzgar a nadie con una historia así.
-Bueno, suerte y que aproveche. Hay que tener mucho cuidado con esa gente. Adiós.- Esbozó una sonrisa mientras salíamos de la cafetería.
Compramos los tickets y esperamos agonizantes a que abriese el autocar. Entramos como verdaderos zombies y allí quedamos tirados en estado de trance. Hablábamos y nos quedabamos medio dormidos para volver a despertar a pocos minutos. El viaje fué eterno. Javi se quedó en Burela, pero yo seguí hasta Riocobo. Hasta ese ridículo trayecto se me hizo eterno. Y cuando estaba llegando a la parada no encontré el botón de "STOP". Asique tuve que bajar en la siguiente parada. La del colegio. Desde allí había poco menos de dos kilómetros hasta casa de mi padre. Así, agonizante con el cansancio y el esguince, y con una enorme maleta, una mochila cargada y la bolsa del portátil caminé hasta casa de mi padre. No podía llamarlo para que viniese a buscarme. Me había quedado sin batería.
Llegar fué como un enorme alivio. Poder estar un rato en un sofá y comer antes de conducir hasta Ferrol. Llevaría el 306 que, por suerte, aún no había vendido. Y no, un Red Bull no consiguió hacer que el viaje no fuese una constante pelea por mantenerme consciente. Juraría que veía cosas donde no las había. No podrían conmigo. En la autovía este efecto se hizo más fuerte. Abrí la ventanilla del todo y saqué la cabeza. Ni el viento a más de cien kilómetros por hora fué capaz de arrancarme el cigarro de la boca. Si no conseguía eso, tampoco nada conseguiría que cayese en el sueño. Lo formulé como un desafío a los elementos. Buscándome su odio. Quería reírme de ellos. Y lo conseguí. Llegué. Y aguanté un rato más para poder decirle a todo el mundo que aún estaba ahí. Que no estaba ni muerto ni dormido. Lo quise ver como un premio. Como algo positivo. Como una puñeta al cielo antes de cerrar los ojos.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Madrid te odia. Tercera parte


-¡Todo el mundo a levantarse!- gracias Ana, yo también te quiero. A ver cuándo te lo demuestro de la misma manera.
Había que llevar a Sara de nuevo al aeropuerto y nosotros nos marcharíamos directamente después. Decidido estaba que pararíamos a comer por el camino. Siempre sería más barato. Recogimos frenéticamente nuestras pertenencias y nos dispusimos a salir del recinto. Al pasar por recepción vimos a un hombre de aspecto aristocrático mirándonos inquisitivamente y con clara expresión de enfado. No nos dijo nada al pasar, pero estaba claro que parecía el claro ejemplo del que tomará medidas contra todo desconocido que vea en nuestra misma situación.
Antes de subir al coche nos despedimos. A Elena la veríamos la próxima semana. A Ana tardaríamos bastante más. Rellené más de un litro de agua en el depósito de refrigeración. Lo primero que pensé al ver eso era que durante el viaje de vuelta nos veríamos obligados a parar bastantes veces a rellenarlo. No lo veía divertido, pero tampoco una penitencia. Salimos gritando "¡NON VOLVO!". Aún no teníamos muy claro de si lo decíamos en serio o no, pero queríamos dejar ese mensaje grabado en el lugar más vistoso de la Plaza de Castilla.
Hacía un buen día. La cuidad realente lucía espectacular a pleno sol. Cuatro inmensas torres nos despedían del centro. Entramos en la M30 y sin problemas llegamos al aeropuerto. Dejamos a Sara prometiéndole que si perdía el avión la volveríamos a buscar. No hizo falta, pero aún así llegó bastante justa de tiempo.
Lo siguiente fué una llamada:
-A ver, crack. ¿Vas a venir a por tu portátil?
-Por supuesto. Lo dejé ahí para volver a veros. ¿Cuela la excusa?
Después de entrar hasta el pasillo, recibir el portátil y despedirnos de nuevo, salimos hasta el coche sin percatarnos de que nos seguía el recepcionista:
-Buenos días. ¿Podéis decirme qué hicísteis dentro? ¿Dormisteis ahí o algo? Esque como no sois de aquí y os vi salir ahora por la mañana...
-No, nosotros dormimos aquí delante en el coche. Entramos sobre las nueve, dentro del horario de visitas.
-¿Y de quién sois amigos?- tras un breve pero incómodo silencio y sin ver otra salida al asunto dije:
-De Ana y Elena. Las de la habitación x (no es necesario que lo lea todo el mundo un día tan expléndido como hoy).
-Ah, vale... hasta luego.
-Adiós. Disculpe las molestias.
Arrancamos con otro "¡NON VOLVO!" y preocupados por si habría algún tipo de represalia contra nuestras anfitrionas.
-¿Guadarrama túnel o Guadarrama puerto?- pregunté.
-Está claro ¿no?- Eso era puerto. El desvío estaba cerca. Me cansaba de adelantar a coches que iban por debajo del límite pero se mantenían en los carriles más a la izquierda. Alguno ni siquiera llegaba a la velocidad mínima del carril.
La cuesta se hacía pronunciada, lo que me obligaba a pisar más el acelerador para mantener la velocidad. Llegó un momento en el que con el pié a fondo no paraba de frenarse. No era normal. Bajé a cuarta y seguía perdiendo. Puse las luces de emergencia. Iba aproximadamente a sesenta cuando el motor se paró. Me orillé y puse un triángulo. Corrí a levantar el capó. De todas partes parecía salir vapor, aunque eso no era lo que más saltaba a la vista. Claramente se veía que faltaba el tapón del agua. Pegué un golpe a un faro. Maldije muchas cosas. Llegué incluso a dudar de si me había olvidado de ponerlo. No. Recordaba hasta el más mínimo detalle. Lo había puesto. Vacié el resto de la garrafa de agua en su interior con la ridícula esperanza de que solo se hubiese apagado por el calentón. Como no tenía con qué taparlo cogí mis calcetines, los envolví y los apreté con fuerza en la apertura. Luego intenté arrancarlo. No sirvió. Puse las manos sobre el centro del volante y con la voz de derrota que pude dije:
-Non volvo- Y Javi consiguió reírse. Lo hicimos todos forzándonos un poco. Llamé a mi padre. Él tenía el número del seguro, que no aparecía en el impreso de la factura.
El tiempo pasaba, mientras los coches subían la cuesta a velocidades vertiginosas despreciando totalmente mi triángulo. Algunos incluso pitaban como diciéndome "¡quítate de ahí!". Juro que si uno de esos para y me dice algo cojo el triángulo y se lo meto por un ojo. ¿Puede haber gente tan estúpida que piense que me he parado en un sitio tan peligroso para admirar las vistas? Mientras pensaba todo eso veía como el exagerado aire que movían los coches tiraba mi triángulo. Pues no pensaba salir de nuevo a ponerlo. Que se maten contra el voluminoso trasero de mi coche antes que atropellarme poniendo un asqueroso triángulo. Y que nadie se acuerde de ir a su entierro.
Al rato vi por el retrovisor un furgón de la Guardia Civil que se había parado detrás nuestra. Pocas veces he sentido alivio al ver a nuestra Benemérita, pero ésta era una de ellas. Al menos ahora los coches pasaban despacio.
-Buenos días. ¿Qué les ha ocurrido?
-Pues al parecer saltó el tapón del agua y esto se calentó hasta quedarnos sin junta de culata. Mire.- Y accioné el contacto. Se escuchaba al motor de arranque funcionar solo, sin que arrastrase con él al motor.
-Buff... ¿Y han llamado ya a la grúa?
-Sí, hace un cuarto de hora.
-Pues tienen media hora más de espera. ¿A dónde se dirigían?
-A Lugo
-¡Dios! ¿Necesitan algo?
-Creo que no podemos hacer nada más que esperar.
-Pues si tienen cualquier problema llamen al 112. Nosotros estaremos cerca.
-Vale. Gracias.- Y marcharon. Aún ni siquiera habían salido de nuestra vista y ya empezaban a pasar los coches con la misma agresividad que antes. Me gustaría abrir la ventanilla y escupirles. Pero me aguanto.
Al llegar la grúa Javi se quedó en el coche y Alberto y yo fuímos en la cabina. Llamé de nuevo al seguro para acordar el transporte, pero no paraban de hablarme de qué querían que hiciese con el coche.
-Lo decidiré mañana. Hoy es domingo y no necesitan saberlo tan rápidamente. Lo más importante ahora mismo es el taxi. Que nos venga a buscar al depósito de la grúa de Guadarrama.
-Se lo mandaremos cuando confirme la reserva. De momento tiene varias opciones. La más viable es un taxi hasta el aeropuerto y allí coger un coche de alquiler que entregerían en Lugo. Por este método no llegaría a los 181 euros que el seguro le cubre como transporte personal de asistencia en viaje. ¿Tiene usted más de veintiún años?
-No
-¿Alguno de los que va en el coche los tiene?
-No
-Entonces tendrá que esperar a que mire el resto de opciones. Le llamo dentro de un momento.
-De acuerdo.- Mierda seca. Siempre tiene que pasar algo y faltar algún requisito para hacer que la solución sea más complicada.