A veces cuesta saber si algo que has visto es real o simplemente imaginación. Con ferecuencia estos episodios ocurren cuando uno se encuentra cansado y su mente no puede analizar correctamente lo ocurrido. A veces, incluso, estas situaciones parecen relacionarse unas con otras sin tener aparentemente mucho que ver. No es posible relacionar los hechos de forma física, pero la mente lo hace por analogía de sentimientos. Es algo común y preocupante. Acababa de coger el coche. Todavía estaba pensando en acordes y punteos de blues. Pensaba en cómo enlazar escalas, en lo que el dedo que me había cogido con una puerta el día anterior me impedía practicar debidamente. También en el uso de un tubo metálico que Lucas acababa de darme a modo de "slide", cuyo aprendizaje todavía tengo pendiente. Pensaba en un ritmo de batería. En un sonido agradable. No había puesto música. Todo sonaba en mi cabeza. De pronto, un sueño, quizás un recuerdo lo interrumió todo. Veía el interior de mi coche en un paisaje otoñal. También veía dos ojos castaños llenos de picardía. Largas cabelleras. Pero la belleza desaparecía por un momento en todo el entorno. Mientras el paisaje se tornaba invernal, la mirada se fundía en miedo e ira. El pelo se rizaba hasta enredarse por sí solo. Incluso los finos labios rosados se tornaban azul oscuro. Casi negro. Sus brazos adelgazaban con su expresión y en ellos podían adivinarse los huesos y capilares que antes no parecían existir. Parecían en tensión. Su mirada ya no se perdía en la mía, sino en el vacío. Algún vacío existente justo ante mí. O quizá yo fuese ese vacío. Quizá yo no estaba ahí hasta que aparecí sin más aterrorizando a la misma naturaleza. Sentía que ese no era mi sitio. Y ella tampoco debería estar ahí, o eso parecía leerse en sus ojos. Se revolvió de forma aterrorizante y salió del coche sin cerrar la puerta. Se fué caminando sin mirar atrás mientras intentaba decirle algo. Pero sin poder soltar palabra. Y al mirar al otro lado encontré mi puerta abierta. ¿Qué significaba aquello? Yo no la había abierto. Incluso recordaba una situación parecida a todo aquello, pero nunca con el cambio de paisaje ni del aspecto que ella tenía. Nada tenía sentido. Quizá en una visión así se viese más profundamente los sentimientos que en la realidad, pero seguía sin tener sentido. ¿Y la puerta? ¿Realmente era yo mismo en ese lugar? ¿En qué espacio temporal y físico me encontraba? Conozco bien mi coche, y el primer sitio que se me ocurrió mirar para comprobarlo fué el cuentakilómetros. Doscientos cincuenta y dos mil setecientos cincuenta y tres. No. Eso no era ya un sueño. Todo estaba demasiado oscuro, como cuando cogí el coche. Levanté la vista y ví frenar Seat León rojo que iba delante. Y por debajo de él, a gran velocidad algo apareció en medio del asfalto pasando con la misma rapidez por los bajos del mío. Justo por el centro. Pude sentir el suave roce con las defensas y las piezas metálicas. Demasiado suave. Como un trozo de carne al posarse sobre un plato. El conductor de delante parecía aterrorizado. No sobrepasó los sesenta kilómetros por hora en el resto del trayecto. Algo estaba claro. Él lo había visto, pero no estaba seguro de qué era exactamente. Lo mismo que yo. Lo único que vi fué un montón de vísceras y huesos. Sin piel. Sin forma. Nada que identificase el tipo de animal que pudo haber sido. Algo sí quedó claro: era muy grande para ser un perro e incluso un corzo. La intriga hizo que mirase los periódicos, pero nada raro apareció. Dos días después volví a pasar por el mismo lugar a una hora con más luz. No había ni rastro de nada. Ni sangre, ni tan siquiera una zona más húmeda. Y aún así, noté como si algo se removiese en el asiento del copiloto visto de reojo. Hasta parecía una cabellera oscura escondiéndose en algún rincón. Pese al sentimiento de inquietud que esto me causó, terminé por reír pensando en las cosas que la mente puede llegar a inventarse. Pero... ¿Y el otro coche? ¿Había visto lo mismo? Mi risa se atragantó al mirar por el retrovisor: un Seat León rojo me seguía.
Eran felices. Y podrían seguir siéndolo durante mucho tiempo. Pero un día alguien tocó al timbre. Juan estaba trabajando. Era un antiguo cliente llamado Armando. Un hombre de unos sesenta años. Bajo y de pelo blanco. Con una lucidez y forma dignas de alguien con veinte años menos. No le gustaba lo más mínimo volver a verle. Recordaba que a pesar de haberla tratado siempre bien, era un hombre orgulloso y un tanto déspota. Además estaba casado. -Hola monada -¿Qué quieres?- no se atrevería a desprender la cadena de la puerta. -Hablar contigo. Creo que te puede interesar mucho lo que vaya a decir. Espero que me entiendas, ya que veo que todavía te cuesta nuestra lengua. -Sea lo que sea dilo desde ahí. No pienso abrirte la puerta- él puso una sonrisa exagerada. Casi insultante. -Pues tendrás que abrir la puerta o poner un banco delante, que este pobre anciano no puede estar de pié mucho tiempo. -Pues ve al grano y podrás irte antes- se puso más serio. -Bien. Dos cosas. La primera que te echo de menos y quiero volver a acostarme contigo. La segunda que te conviene abrirme la puerta. Juan es mi amigo y no me gustaría dejarle sin trabajo por tu culpa. -Pero... -No es necesario que lleguemos a esos extremos. Seguro que podemos entendernos muy bien- volvió a sonreír. Ella dudó, pero acabó por abrir la puerta. Él entró y se sentó en un sillón del salón. Mientras la miraba de arriba a abajo siguió: -Seguramente oirías decir a la gente que tengo mucho dinero y poder. Sencillamente eso me da igual. Yo simplemente hago ofertas y punto. Sé que andáis mal de dinero y creo que puedo ayudaros. Hoy estoy generoso. -No voy a prostituírme -No te voy a pedir tal menester, querida. Siéntate y escucha con atención- lentamente, ella fué haciéndole caso. -Resulta que hace tiempo, en el local de aquí abajo, había un bar que yo frecuentaba. No era gran cosa, pero me gustaba. Me gustaban sus tapas, me gustaba su bebida y me gustaba su camarera. Ahora está cerrado y se me parte el alma. Del mismo modo que cuando Juan me pidió dinero. Yo sabía para qué era. Era para sacarte de aquel tugurio y cambiarte la vida. Ella no podía creer lo que oía. Sentía dolor de deberle algo a aquel hombre. Recordaba a Juan decir: "no le deberás nada a nadie". Se vió desesperada mientras escuchaba a Armando: -Quiero que ese bar vuelva a abrir, asique lo voy a comprar. Quiero que vosotros dos os encargueis de él. Os pagaré bien. Además, vivís justo encima. Es el sueño de cualquier hostelero. La pobre mujer estaba hecha un ovillo a la esquina del sofá. Sabía que era una oferta espectacular. Pero al mismo tiempo también sabía la condición a la que estaba sujeta: tenía que acostarse con él. No una vez, sino asiduamente. Con lágrimas en los ojos dijo: -Bien ¿Cuando quiere acostarse conmigo? -Ahora mismo, por ejemplo Pese a verse obligada a recibir estas visitas casi a diario, comenzó a trabajar en el bar. Ya en la inauguración se llenó de gente. El negocio prometía. Desde el primer momento tuvo clientela. Juan también atendía del bar pese a no haber dejado su trabajo. Armando estaba encantado, pese a que no había pedido una gran comisión. Los que atendían en la barra eran socios, no trabajadores de contrato. La joven nunca había visto tanto dinero en sus manos. Pensaba en su pasado miserable, sus penurias, sus desgracias como algo que ya nunca volvería. Tenía ya veintiún años y la vida solucionada. Con todos los pagos al día y un sitio privilegiado en el que vivir. La felicidad apenas se rompía con las visitas del anciano. Aunque se sentía comprada, no le importaba ya. Todo parecía ir bien. No faltaba dinero. Su trabajo era estable. Después de un tiempo, Juan y ella decidieron tener un hijo. No tuvieron ningún problema. Contrataron como camarera a una de sus ex-compañeras y recibieron ayuda de amigos, principalmente de la madre de Marcos. A los nueve meses nació Gabriela. Del mismo color aceitunado que su madre. Con sus oscuros ojos. La cara era inconfundible como la suya. Y del padre heredaba unas grandes orejas, "aunque no tan feas" dirían algunos bromeando. Tras un año perfecto y con el permiso de Juan, ella pudo traer a su hermana de Sâo Paulo. La contrataron de camarera y vivía con ellos. La caja registradora seguía sin resentirse. Al bar llegaban marineros y trabajadores del puerto, además de obreros. Apenas había jóvenes. Y con ese ambiente pronto chocaría Gabriela. Cuando empezó a ir a la guardería, después se pasaba las tardes jugando en el bar. Los problemas en un bar de este tipo no empiezan por la noche, sino a cualquier hora. Con tan solo cuatro años convivía a diario con gente alcoholizada. Respiraba el humo del tabaco y contestaba impertinencias de clientes poco amables. Veía a sus padres cada vez más cansados mandarla a dormir, y les veía llegar a casa embriagados. Aquellas dos personas felices que le habían enseñado todo se habían convertido en dos infelices. Dos personas agobiadas por la gente y el alcohol. Su madre había engordado mucho. No intentaba cuidarse. La vida no la trataba lo suficientemente bien. Muchas camareras habían pasado por el local y se habían ido ya. El dinero ya no sobraba. La gestión que la pareja hacía del local era cada vez peor. Tan solo quedaban sus padres y su tía, aunque esta estaba embarazada. A veces Armando era el que atendía en la barra. Juan ya sabía que se acostaba con su pareja, pero nada podía hacer si no quería que les quitase el bar. A veces tenía discusiones con ella: -¡Maldigo el día en que aceptaste esa asquerosa oferta! -¡Tú también aceptaste su sucio dinero para sacarme de aquel tugurio! -No a cambio de sexo -Si le dijiste que era por mí y aceptó debías suponer algo así. -Nunca se lo dije. ¿A qué viene eso ahora? -Él me dijo que lo sabía. -Sabes perfectamente como es. Si por él fuese estarías todavía en el club para que te pudiese ir a ver a diario. No le dije para qué era el dinero. Además, tuve que devolvérselo. ¿Todavía crees que es un santo? -¡No!- y se encerró en el baño a llorar. Y aguantaron mucho esta situación, pero el alcohol pasa factura. Los insultos e impertinencias de Armando irritaban a Juan cada vez más. Armando era un hombre vanidoso y jactancioso. Parecía sentirse orgulloso de que Juan le odiase, aunque no tenía conocimiento de que también sabía de su secreto. El joven muchos apretones de dientes tuvo que soportar y muchas frases hipócritas tuvo que decir. Pero un día no soportó más la presión y se abalanzó sobre Armando. Le atizó en la cara sucesivas veces. Le golpeó en las costillas. Sentía su rabia desaparecer con cada crujido que escuchaba en el cuerpo del anciano. Seguía golpeándole mientras el otro apenas podía defenderse. Una tras otra pero nunca llegaba el final. Cuando paró se quedó quieto, de pié, mirando a su víctima en el suelo esbozar una sonrisa de victoria. -Estupendo, Juan. Veo que lo sabes todo. Ahora se acabó todo. Estoy deseando verte en la cárcel de Teixeiro. -Cállate maldito gusano- decía mientras le ayudaba a ponerse de pié -¿Sabes lo que va a pasar ahora?- Armando nunca había visto a Juan tan enfadado. Su esbozo de risa se borró cuando éste le agarró por la nuca y puso su cara mirando a través del gran cristal del lado de la entrada. -Juan, no lo hagas. Es una locura. Lo perderás todo- Y sin hacerle caso, Juan guió su cara con fuerza a través del cristal, que provocó el ruído más escandaloso jamás escuchado dentro del bar. Y así el agresor se marchó caminando sin mirar atrás. No le volverían a ver. Ni los testigos, ni Armando, ni su amante, ni su hija. No volvería al lugar donde se sintió humillado durante años. Todo el mundo podía recordar aquel cuerpo tirado contra un coche, cubierto de cristales y restos de sangre. Nunca nadie había imaginado que alguien tuviese el coraje de hacerle eso a Armando. Sería una sentencia. Una locura. Las hermanas brasileñas fueron a verle al hospital. Él se negó a recibirlas. Estaba muy enfadado. Sabían que el bar cerraría. Tarde o temprano él saldría y si hiciese falta reduciría el edificio a cenizas. Al día siguiente la policía con un agente de los servicios sociales entró en el local cerrado y se llevaron a Gabriela. Lo hicieron arrancándosela de los brazos a su madre. A la joven de venticinco años que se resistía violentamente a que se llevasen a su hija la golpearon sucesivas veces. Quedó en el suelo derrumbada entre lágrimas y gritos desesperados. Sabía por qué habían venido. Sólo Armando podría haberlo hecho. Juró que le mataría. Que le haría sufrir más que lo que nunca hubiese sufrido. Poco después se levantó dolorida y fué junto a su hermana a casa. Le dió la cartilla del banco y le dijo que sacase todo el dinero de ella y se fuese lejos. Que iniciase una nueva vida con lo poco que había y se olvidase de ella. La convenció. Todas esas cosas debe tener ahora mismo esa mujer en la cabeza mientras me sirve el whisky con hielo. Hoy no ha bebido. Sus ojos están húmedos. El bar en silencio. Nadie se atreve a romper el luto. Nadie se fija hoy en el destrozado Joaquín, apoyado moribundo sobre la barra. Nadie se atreve a pronunciar el nombre del bar que hace honor al perro de Armando. Tampoco existen las agallas para decir alguna frase de esperanza que pueda tocar lo más mínimo una herida que todavía escupe sangre. A mi derecha, al lado de la salida, el hueco del gran cristal ha sido burdamente tapado con un plástico. No parece que vaya a venir nadie a arreglarlo.
La camarera de siempre me sirve otro vaso de whisky con hielo sobre la barra impoluta. Si tuviese que hablar de ella diría que es joven. Con unas bellas facciones, aunque anchas caderas. Apenas sobrepasa los venticinco. En los últimos tiempos, pese a mostrar permanentemente una alegría ebria que mantenía cerca a la clientela (en su mayoría hombres deprimidos y sumidos en el alcoholismo), sus ojos lloraban de rabia e impotencia. Con una hija de apenas cuatro años rondando por el local expuesta a las miradas, mimos y sandeces de marineros y obreros que huelen a vino. Se sabía que era menor de edad cuando le ofrecieron venirse a este país. No quería más miseria de Sâo Paulo. No le importaba lo que tuviese que hacer para venir. Creyó que vivir aquí sería como el cielo. Pero no la trajeron para hacerle un favor. La trajeron para sacar provecho de su cuerpo. Durante años estuvo en aquel club de alterne. Al principio lo vió horrible. Una habitación, una barra que atender y muy poco dinero. Le habían prometido mucho más, pero el resto se lo llevaban como "pago del viaje". No le importaba demasiado mientras fuese suficiente para llamar a su hermana en ultramar de vez en cuando. Además, siempre le traían la comida o la llevaban junto a muchas de sus compañeras a comer en restaurantes cercanos. Sentía que estaba haciendo lo correcto. Que no se había equivocado. Tarde o temprano acabaría su deuda y podría hacer lo que quisiese. Pero el tiempo pasaba. A su cuerpo, delgado y con curvas, le pasaban factura el alcohol y las drogas. Y no solo eso. Enfermaba muy a menudo. Apenas se recuperaba y ya tenía que volver a recibir clientes. Saciaba la virilidad de hombres infelices y jóvenes borrachos. Algunos menores que ella y otros que triplicaban su edad. Rasgaban su piel. Le mordían los senos. Lamían su cuello. Y tenía que darles a entender que le gustaba aunque por dentro la repugnancia le hiciese mella. Tenía que decir "fóllame" aunque no supiese pronunciar bien la palabra. Si lo hacía así saldría antes de allí. Ganaría más dinero. Había pasado un año. Había engordado y sus uñas estaban secas y cuarteadas de servir alcohol. Al menos su cara parecía igual de hermosa que antes de llegar. Todavía tenía una deuda, pero en el local ya no disponía de cobijo. Otra joven menor debía ocupar su habitación, y se suponía que ella ya era mayor de edad y que tenía que vivir fuera. Pero debía seguir trabajando allí. Apenas la dejarían estar una semana más, y no tenía dinero. Su situación era desesperada. ¿Cómo podría pagarse un alquiler si aún no le daban suficiente dinero? Los clientes pasaban uno tras otro. Hasta que llegó uno joven, de unos ventitrés. Ya había acudido más veces, pero esta vez no le pidió directamente una cita. Había hablado con el responsable del local y ahora venía a hacerle una oferta: -Hola, bonita- en el gesto de su cara podía ver que ya no le gustaba tanto como antes -me he enterado que estás buscando un sitio donde vivir. Creo que puedo ayudarte. Vivo con mi madre en el pueblo. En el piso solemos dar cobijo a chicas de este sitio. También tenemos dos niñas que son hijas de Fátima y Branca.- Se quedó asombrada. No sabía que aquellas compañeras suyas tenían hijas. Habían hablado mucho, pero nunca se lo habían comentado. -Estarías mucho mejor que aquí, y el jefe te iría a buscar en coche. Si no puede también te podría traer yo en moto. -Parece una buena oferta- dijo con dedicación pese a su torpe castellano -pero no tengo mucho dinero para pagar eso. -No te preocupes por el dinero. A partir de ahora aquí te darán algo más y es el jefe el que nos pasa tu pensión. No tienes que pagar nada. No hace falta decir que aceptó la oferta. Era su única opción. Al fin y al cabo no estaba tan mal. Estaba mucho mejor que en la sucia habitación del local. De hecho nunca había dormido en una cama tan limpia y suave. Eso la hacía sentirse como en un lugar civilizado, aunque eso no existiese en su entorno. Un lugar limpio y con gente que la trataba con cariño. Con el cariño de una madre. María, la madre de Marcos, el joven que la había llevado hasta allí. Las niñas se pasaban el día jugando. Haciendo ruído. Un ruído mucho más alegre y divertido que el que se escuchaba en la barra de un bar. No conversaban sobre fútbol, ni nadie le ofrecía una copa ni drogas de todo tipo. Aquel lugar hacía que empezase a odiar el club. Eran como el cielo y el infierno. Antes vivía en ese infierno. Ahora solo pasaba allí unas horas al día. Y algunos días incluso no tenía por qué ir. María le enseñó a cocinar. Aprendió muy rápido. Recordó su niñez dentro de una favela mientras miraba, junto a su hermana y sus tres hermanos varones, a su madre cocinar. Recordaba algunas de aquellas recetas, pero nunca se había propuesto hacerlas. Era el momento. Y juntas, maestra y alumna aprendieron una de la otra las recetas de dos países muy dispares. Muy alejados. Y se comunicaban en una lengua muy cercana a los dos: el gallego. Una lengua que a ninguna de las dos le costaba demasiado hablar. Una lengua común. Esa misma lengua que muchos dicen que no lleva a ninguna parte. Una lengua despreciada. Y al mismo tiempo que se sentía más a gusto en casa, más detestaba su trabajo. Llegó a estar mucho más deprimida que antes. Día tras día en aquel antro insalubre sirviendo copas y alternando la barra con las habitaciones. Empezaba a evitar mirar al dueño a la cara. Lo odiaba. Desearía coger un cuchillo y apuñalarlo hasta la saciedad. No veía en él ni un ápice de piedad. Ella tampoco la tendría. No lo culpaba por sacarla de su tierra, lo culpaba por robarle. Hacía ya tiempo que había saldado su deuda con creces y aquel hombre seguía llevándose la mayor parte de lo que cobraba. ¿Se creía el dueño de su alma? Pero no tenía elección. Mientras él no dijese que la deuda estaba saldada no tenía más remedio que quedarse. Un día de primavera veía a los niños jugar en la hierba del parque. Lo que tiene la primavera en este lugar es que nunca se le podría llamar así. Simplemente es un invierno con más luz. Y así se sentía ella. En un infierno con más luz. Un hombre se sentó a su lado en el banco. Ella no apartó la mirada, pero reconoció la voz. -Desde que te conozco siento la necesidad de arrancarte una sonrisa. Hasta ahora no he encontrado el momento.- lo miró sin saber qué decir. Era otro cliente. Le recordaba más tímido de lo habitual. Sus miradas nunca le habían resultado tan lascivas como las del resto. Desde el principio la había respetado más que cualquier otro cliente. Pero ella nunca se lo había planteado. Para ella, ese hombre era un sucio salvaje como todos los demás. Hasta aquel momento. Otros muchos habían hecho lo mismo de acercarse a ella fuera del club. Algunos incluso de forma ciertamente violenta. Pero sintió la necesidad de confiar en ese hombre. Un hombre muy alto de unos ventisiete con una barriga no muy grande pero redonda y prominente. Con una larga cabellera negra y riza de aspecto descuidado. Con unas orejas enormes y abiertas y unos dientes largos y amarillos. Era alguien que difícilmente conquistaría a una mujer. Pero ya lo había hecho. La pena no enamora a nadie. Realmente, por extravagante que sonase, sentía que ella misma daba lástima al lado de él. Sentía que tenía la necesidad de que aquel hombre la hiciese sonreír. Sabía que él podría hacerlo mucho antes de que empezase a hablar. -Es posible que no sea el hombre más guapo que conozcas, ni el más rico. También seguramente sea uno de los más tontos. Tengo vicios, aunque no demasiados. Antes de que empieces a juzgarme te diré que posiblemente sea el único al que le importa tu felicidad. Lo sé porque no he visto a nadie más plantearse si te gusta tu trabajo. Si realmente eres feliz con lo que haces. No digo que esté mal, pero por tu mirada sé que no me equivoco al pensar que lo odias. Que te gustaría quedar libre y poder trabajar en lo que quisieses de una vez. Que matarías por salir del club.- mientras él hablaba a ella se le humedecían los ojos. -Antes de pensar en todo lo que te acabo de decir quiero que me escuches con atención. Yo te sacaré de ese antro. No le deberás nada a nadie. No necesitarás a nadie si no quieres. Te preguntaré si quieres venir conmigo, aunque no será más que una pregunta. Podrás decidir tu misma si quieres o no venir. No es una condición. Pagaré tu deuda de todas formas. Lo haré porque lo necesito. Necesito que te vengas conmigo o te vayas para siempre. Ella le miraba entre lágrimas con la boca entreabierta. No podía creer que alguien estuviese dispuesto a hacer algo así por ella. Nunca nadie le había ofrecido algo tan grande. Tanta generosidad. Sabía que podía confiar en él, pero al mismo tiempo, ni siquiera de aquel hombre podría salir algo así. Se acercó a él y le besó. -Claro que acepto ir contigo. Si lo que dices es una broma, al menos es lo mejor que he oído nunca. -Hay algo que sí es una broma. En este país trabajar en lo que quieras es una verdadera broma. Pero algo donde elegir sí que hay- ella consiguió reírse mientras se secaba las lágrimas. Tenía ganas de correr, de saltar... de seguir al hombre a donde él fuese. De apoyarle y besarle. De regalarle sus mejores sonrisas y hacerle el amor. Una semana después ya estaba viviendo en su casa. Un piso similar al anterior. Una vivienda típica del país. Nunca se imaginó que pudiese haber tantas así. Paredes blancas de gotelé. Zócalos bajos en todas las paredes. Parqué. Plaquetas blancas. Mobiliario de baño completo. Cocina con múltiples electrodomésticos. Se sentía feliz haciendo las labores domésticas en un sitio tan marabilloso. Fácil. Cómodo. Sus días eran mucho más alegres sin el club. Su compañero se llamaba Juan y trabajaba como operario de máquinas pesadas. Ella ya había notado que no oía demasiado bien debido a los ruídos que tenía que soportr en su trabajo. Pero quería cuidarlo. Darle todo lo que necesitase, pues él a ella ya se lo había dado. Además, por primera vez desde niña se sentía protegida. Pasaron varios meses en los que el dinero era la única preocupación que tenían. Alejada de las drogas y el alcohol, tan solo fumaba algún cigarro de vez en cuando. Juan parecía seguir la misma línea apenas añadiendo algo de vino a la comida o hasta una cerveza en el trabajo. Eran felices. Y podrían seguir siéndolo durante mucho tiempo. Pero un día alguien tocó al timbre. Juan estaba trabajando.
Al llegar al depósito cogimos todo lo que pudimos llevarnos de equipajes. También admiramos un Bentley Continental que había ido a parar allí por un pinchazo. Parece bastante lógico que quien tiene un Bentley no se mancha las manos para poner la rueda de repuesto. Coche inglés. Orgullo inglés de varón inglés en su casa inglesa en medio de los montes ingleses. Y como buen inglés, lamentándose de no haber elegido el color de carrocería Verde Británico. -Ese coche es una pasada. Es un Bugatti "Vayron".- El hombre de la grúa era cómico se mirase desde donde se mirase. Se confundía con el coche, incluso con las vocales, pero no quise sacarlo de su error. Parecía feliz pensando eso. -Cuesta unos doscientos mil euros.- Al menos con el precio no iba desencaminado respecto a lo que tenía delante. Fué a hablar con el empleado de la entrada del depósito y se marchó rápidamente saludando. Era un buen tipo. Luego fui yo a hablar con el mismo hombre por si me podía dejar un momento las llaves de mi coche, que tenían en el mismo llavero las de mi piso en Ferrol y quería coger la guitarra aunque fuese un momento mientras esperaba, ya que no podía llevar más cosas. -Las llaves las tiene el de la grúa.- Mierda. Ya la liamos un poco más. Durante tres largas horas estuvimos en aquel depósito llamando a los del seguro insistentemente mientras tocábamos la guitarra que nos prestó el recepcionista y hablábamos de cómo podíamos suicidarnos, del asco que dábamos y del hambre que teníamos. Son temas cómicamente recurrentes cuando las cosas nos salen extremadamente mal. También hablé con el hombre de recepción, aunque dabía de llevar poco en este país a juzgar por su pregunta de "¿Lugo que está, en Barcelona?". Al fin llamó el taxista preguntando dónde estábamos (a pesar de que los del seguro sabían perfectamente donde, las indicaciones que le dieron al pobre hombre no eran correctas). Y llegó por fin. Subimos aliviados pese a que nos costase 54 euros el viaje excluída la parte que pagaba el seguro. Hablamos bastante con el chófer, que nos dió a conocer que habíamos estado en el lugar equivocado de Madrid. -Al sur todo es mucho más barato y hay muchos más sitios a los que ir. El ambiente es mucho mejor.- También nos habló de que era de ascendencia gallega, que los jóvenes cogían el coche estando borrachos, que los heavies fumaban porros y que se emborrachaban, que los poligoneros se drogaban y montaban peleas sin sentido, que la situación económica estaba muy mal, que al norte de Madrid no había supermercados, que tenía resaca... y muchas cosas más. Era un buen tipo y muy hablador. Al dejarnos en Chamartín nos advirtió de que vigilásemos con recelo nuestros equipajes y se marchó con la expresión de "me voy a dormir". Nosotros salimos en tropel en busca de un sitio donde comer. Eran las seis y no podíamos más. El tren salía a las 10:30. El seguro había elegido así nuestro traslado. Introducimos en la máquina de tiquets un código que nos proporcionaron por teléfono y allí estaban nuestros pases. Qué felices nos hizo ver la inscripción "tren hotel". Al menos podríamos dormir en literas. Gastamos el tiempo que nos quedaba mirando tiendas de curiosidades, viendo mapas del metro, hablando de que estábamos muertos y que nada era real, etc. Al llegar la hora fuímos hasta el andén y nos encontramos con un tren kilométrico. -Vagón 212. A buscar.- Y mientras lo recorríamos veíamos que todos los vagones tenían literas. Hasta cuatro por habitación. También había de vez en cuando un vagón cafetería-restaurante. Todos los vagones eran así de atractivos. Todos menos uno. El 212. El primer vagón del tren. Casi diez minutos de caminata para llegar a él. Pegado a la primera locomotora. El vagón más viejo de todos. El más ruidoso. El único sin literas. El único sin acceso a un vagón cafetería-restaurante. Por supuesto, nuestros asientos estaban asignados, no los podíamos elegir. Al menos estábamos los tres juntos. -Ya sabéis que el hecho de que vayamos en este vagón tiene un fin. Es el vagón que más daños sufrirá cuando descarrilemos dentro de una hora.- dije con humor tremendista. Así salimos hacia Lugo en un trayecto de ocho horas y media. No se podía dormir con aquel ruído. Chillidos infernales bajo el suelo. El motor sonando con fuerza. Crujidos muy desalentadores en la parte trasera del vagón. Asientos de avión en los que no sabías dónde meter los pies. Así ocho horas y media. Doloroso. Llegar a Lugo fué como haber salido del infierno. No importaba el frío. Era como nuestra casa. Alberto se quedaba. Pero Javi y yo debíamos seguir. Un autocar salía un par de horas más tarde. Llegar a la estación de autobuses tuvo su ciencia. Estábamos agotados y llevábamos mucha carga. Pero al llegar tomamos un café. No serviría de mucho, pero al menos tomamos algo caliente. Cuando pagamos hablamos con un joven que se tomaba un chupito de Santa Teresa: -Joder ¡Qué huevos! -Esto es sólo lo primero del día. Luego van más. Como pille al negro que apuñaló a mi amigo no lo cuenta. Más le vale que no lo vea. -Buff... -Esque vino a por él. Y no se había metido con nadie. Ahora está en el hospital y seguramente no salga de allí. Esque como pille al negro ese...- era una historia terrible. No podía juzgar a nadie con una historia así. -Bueno, suerte y que aproveche. Hay que tener mucho cuidado con esa gente. Adiós.- Esbozó una sonrisa mientras salíamos de la cafetería. Compramos los tickets y esperamos agonizantes a que abriese el autocar. Entramos como verdaderos zombies y allí quedamos tirados en estado de trance. Hablábamos y nos quedabamos medio dormidos para volver a despertar a pocos minutos. El viaje fué eterno. Javi se quedó en Burela, pero yo seguí hasta Riocobo. Hasta ese ridículo trayecto se me hizo eterno. Y cuando estaba llegando a la parada no encontré el botón de "STOP". Asique tuve que bajar en la siguiente parada. La del colegio. Desde allí había poco menos de dos kilómetros hasta casa de mi padre. Así, agonizante con el cansancio y el esguince, y con una enorme maleta, una mochila cargada y la bolsa del portátil caminé hasta casa de mi padre. No podía llamarlo para que viniese a buscarme. Me había quedado sin batería. Llegar fué como un enorme alivio. Poder estar un rato en un sofá y comer antes de conducir hasta Ferrol. Llevaría el 306 que, por suerte, aún no había vendido. Y no, un Red Bull no consiguió hacer que el viaje no fuese una constante pelea por mantenerme consciente. Juraría que veía cosas donde no las había. No podrían conmigo. En la autovía este efecto se hizo más fuerte. Abrí la ventanilla del todo y saqué la cabeza. Ni el viento a más de cien kilómetros por hora fué capaz de arrancarme el cigarro de la boca. Si no conseguía eso, tampoco nada conseguiría que cayese en el sueño. Lo formulé como un desafío a los elementos. Buscándome su odio. Quería reírme de ellos. Y lo conseguí. Llegué. Y aguanté un rato más para poder decirle a todo el mundo que aún estaba ahí. Que no estaba ni muerto ni dormido. Lo quise ver como un premio. Como algo positivo. Como una puñeta al cielo antes de cerrar los ojos.
-¡Todo el mundo a levantarse!- gracias Ana, yo también te quiero. A ver cuándo te lo demuestro de la misma manera. Había que llevar a Sara de nuevo al aeropuerto y nosotros nos marcharíamos directamente después. Decidido estaba que pararíamos a comer por el camino. Siempre sería más barato. Recogimos frenéticamente nuestras pertenencias y nos dispusimos a salir del recinto. Al pasar por recepción vimos a un hombre de aspecto aristocrático mirándonos inquisitivamente y con clara expresión de enfado. No nos dijo nada al pasar, pero estaba claro que parecía el claro ejemplo del que tomará medidas contra todo desconocido que vea en nuestra misma situación. Antes de subir al coche nos despedimos. A Elena la veríamos la próxima semana. A Ana tardaríamos bastante más. Rellené más de un litro de agua en el depósito de refrigeración. Lo primero que pensé al ver eso era que durante el viaje de vuelta nos veríamos obligados a parar bastantes veces a rellenarlo. No lo veía divertido, pero tampoco una penitencia. Salimos gritando "¡NON VOLVO!". Aún no teníamos muy claro de si lo decíamos en serio o no, pero queríamos dejar ese mensaje grabado en el lugar más vistoso de la Plaza de Castilla. Hacía un buen día. La cuidad realente lucía espectacular a pleno sol. Cuatro inmensas torres nos despedían del centro. Entramos en la M30 y sin problemas llegamos al aeropuerto. Dejamos a Sara prometiéndole que si perdía el avión la volveríamos a buscar. No hizo falta, pero aún así llegó bastante justa de tiempo. Lo siguiente fué una llamada: -A ver, crack. ¿Vas a venir a por tu portátil? -Por supuesto. Lo dejé ahí para volver a veros. ¿Cuela la excusa? Después de entrar hasta el pasillo, recibir el portátil y despedirnos de nuevo, salimos hasta el coche sin percatarnos de que nos seguía el recepcionista: -Buenos días. ¿Podéis decirme qué hicísteis dentro? ¿Dormisteis ahí o algo? Esque como no sois de aquí y os vi salir ahora por la mañana... -No, nosotros dormimos aquí delante en el coche. Entramos sobre las nueve, dentro del horario de visitas. -¿Y de quién sois amigos?- tras un breve pero incómodo silencio y sin ver otra salida al asunto dije: -De Ana y Elena. Las de la habitación x (no es necesario que lo lea todo el mundo un día tan expléndido como hoy). -Ah, vale... hasta luego. -Adiós. Disculpe las molestias. Arrancamos con otro "¡NON VOLVO!" y preocupados por si habría algún tipo de represalia contra nuestras anfitrionas. -¿Guadarrama túnel o Guadarrama puerto?- pregunté. -Está claro ¿no?- Eso era puerto. El desvío estaba cerca. Me cansaba de adelantar a coches que iban por debajo del límite pero se mantenían en los carriles más a la izquierda. Alguno ni siquiera llegaba a la velocidad mínima del carril. La cuesta se hacía pronunciada, lo que me obligaba a pisar más el acelerador para mantener la velocidad. Llegó un momento en el que con el pié a fondo no paraba de frenarse. No era normal. Bajé a cuarta y seguía perdiendo. Puse las luces de emergencia. Iba aproximadamente a sesenta cuando el motor se paró. Me orillé y puse un triángulo. Corrí a levantar el capó. De todas partes parecía salir vapor, aunque eso no era lo que más saltaba a la vista. Claramente se veía que faltaba el tapón del agua. Pegué un golpe a un faro. Maldije muchas cosas. Llegué incluso a dudar de si me había olvidado de ponerlo. No. Recordaba hasta el más mínimo detalle. Lo había puesto. Vacié el resto de la garrafa de agua en su interior con la ridícula esperanza de que solo se hubiese apagado por el calentón. Como no tenía con qué taparlo cogí mis calcetines, los envolví y los apreté con fuerza en la apertura. Luego intenté arrancarlo. No sirvió. Puse las manos sobre el centro del volante y con la voz de derrota que pude dije: -Non volvo- Y Javi consiguió reírse. Lo hicimos todos forzándonos un poco. Llamé a mi padre. Él tenía el número del seguro, que no aparecía en el impreso de la factura. El tiempo pasaba, mientras los coches subían la cuesta a velocidades vertiginosas despreciando totalmente mi triángulo. Algunos incluso pitaban como diciéndome "¡quítate de ahí!". Juro que si uno de esos para y me dice algo cojo el triángulo y se lo meto por un ojo. ¿Puede haber gente tan estúpida que piense que me he parado en un sitio tan peligroso para admirar las vistas? Mientras pensaba todo eso veía como el exagerado aire que movían los coches tiraba mi triángulo. Pues no pensaba salir de nuevo a ponerlo. Que se maten contra el voluminoso trasero de mi coche antes que atropellarme poniendo un asqueroso triángulo. Y que nadie se acuerde de ir a su entierro. Al rato vi por el retrovisor un furgón de la Guardia Civil que se había parado detrás nuestra. Pocas veces he sentido alivio al ver a nuestra Benemérita, pero ésta era una de ellas. Al menos ahora los coches pasaban despacio. -Buenos días. ¿Qué les ha ocurrido? -Pues al parecer saltó el tapón del agua y esto se calentó hasta quedarnos sin junta de culata. Mire.- Y accioné el contacto. Se escuchaba al motor de arranque funcionar solo, sin que arrastrase con él al motor. -Buff... ¿Y han llamado ya a la grúa? -Sí, hace un cuarto de hora. -Pues tienen media hora más de espera. ¿A dónde se dirigían? -A Lugo -¡Dios! ¿Necesitan algo? -Creo que no podemos hacer nada más que esperar. -Pues si tienen cualquier problema llamen al 112. Nosotros estaremos cerca. -Vale. Gracias.- Y marcharon. Aún ni siquiera habían salido de nuestra vista y ya empezaban a pasar los coches con la misma agresividad que antes. Me gustaría abrir la ventanilla y escupirles. Pero me aguanto. Al llegar la grúa Javi se quedó en el coche y Alberto y yo fuímos en la cabina. Llamé de nuevo al seguro para acordar el transporte, pero no paraban de hablarme de qué querían que hiciese con el coche. -Lo decidiré mañana. Hoy es domingo y no necesitan saberlo tan rápidamente. Lo más importante ahora mismo es el taxi. Que nos venga a buscar al depósito de la grúa de Guadarrama. -Se lo mandaremos cuando confirme la reserva. De momento tiene varias opciones. La más viable es un taxi hasta el aeropuerto y allí coger un coche de alquiler que entregerían en Lugo. Por este método no llegaría a los 181 euros que el seguro le cubre como transporte personal de asistencia en viaje. ¿Tiene usted más de veintiún años? -No -¿Alguno de los que va en el coche los tiene? -No -Entonces tendrá que esperar a que mire el resto de opciones. Le llamo dentro de un momento. -De acuerdo.- Mierda seca. Siempre tiene que pasar algo y faltar algún requisito para hacer que la solución sea más complicada.
Parecía un cementerio. No es tan lúgubre como los botellones con los muertos de Mondoñedo, pero aquel lugar no me daba buena espina. Era una calle ancha pero cerrada. Ni siquiera nos habiamos buscado sitio cuando se oye un grito: "¡agua!". Empecé a decir: -Vámonos de aquí ya.- Y la gente me preguntaba que por qué nos teníamos que ir: -Que nos vamos, que viene la policía y aquí esto está prohibido. -Boh, que no viene, eso es alguno que se hace el listo para llamar la atención- Lo dijo uno que estaba de frente a mí mientras a sus espaldas en la lejanía aparecían dos furgones cerrando ese lado de la calle. -¿Y qué coño crees que es aquello de allí?- Se giró. Yo posé suavemente la bolsa con las botellas en el suelo con la mala suerte de que el adoquinado no las mantuvo rectas y cayeron produciendo un gran escándalo, a pesar de no romper. Y como no era suficiente eso, justo en ese momento aparecía un coche de la policía a apenas tres metros de mí que vió perfectamente mi maniobra. Me hice el sueco y caminé por la calle lateral, mientras cientos de jóvenes pasaban corriendo a mi lado. -¡Eh! ¡Listillo! ¡Ven aquí!- Por dentro me cagaba en Madrid y su fundador en monociclo rosa. -¡No te rasques la oreja y ven aquí!- Me agarró y me llevó con brusquedad hasta al lado del coche. -Saque su documentación y todo lo que lleva en sus bolsillos- Y aparecieron cientos de artilugios que no sabía ni que tenía. Pero nada ilegal. -¿Esto es sólo tabaco? -Si quiere hacerse un cigarrillo, puede. No va a encontrar nada raro. -No está en posición de bromear. -No bromeo. Madrid apesta. Aquí todo apesta. Todo es muy caro. Y ustedes se dedican a molestar a los que no pueden pagar nada de esto. -¿Quiere decirme por qué no tenía prisa ahora cuando le cogí? -No tengo la culpa de estar cojo, no todos tenemos dos pies disponibles. Si los tuviese le garantizo que no hubiese podido cogerme.- A partir de ese momento su cara de severidad se transformó en la de alguien que se ríe por primera vez en un día. -Va usted bien cargado, lleva dos botellas. -Esque soy muy duro y necesito todo eso, que sino no me llega a nada.- realmente era la bebida de todos, no solo para mí. Evidentemente. -¿Es usted de Lugo? -De Viveiro para ser exactos, y a mucha honra. Allí la policía no molesta a los cojos.- En ese momento se acerca una mujer policía, aparentemente de mayor grado que el hombre con el que estaba cautivo. -Parece majo- dijo. -¿Verdad que soy encantador? Si ya lo dice mi madre. Soy un sol.- No pudieron evitar reírse. Mientras tanto ella recogía las botellas que encontraba, pero dejó las mías donde estaban. -Recoge todo lo que llevabas encima- dijo el policía -y coge rápido las botellas y lárgate. Que no te vean. Al final vas a tener suerte. -Mil gracias y encantado de haberos conocido- y me fuí mientras metía las botellas en los bolsillos interiores de la chaqueta (al final santas Elena y Ana me la habían traído de su habitación). Mientras un grupo de chicas del colegio mayor me llamaban diciendo: -¿Tu eres amigo de Ana y Elena, no? -Sí rotundo. De hecho se me nota en el acento y todo.- Respondieron con frases con "carallo" y acento coruño. -Estáis equivocadas, no soy de Coruña, aunque estudio en su culo. ¿Conocéis Ferrol? Luego nos fuímos a beber a otra parte (no debería decir que enfrente al colegio, pero ya está dicho). Allí mientras hablábamos de lo gafe que era yo y de que era mejor que todos se apartaran de mí, estando de pié con una bolsa y la última botella de ron dentro sin estrenar, sin motivo aparente la bolsa se rompió por su parte inferior y la pobre botella de Bardett's se estrelló contra el asfalto perdiendo todo su contenido. Nadie podía creérselo. Pensé en señalar al cielo y decir: me debes una botella de ron, y te voy a pegar mientras todos estos te patean el culo duramente. Todos incrédulos, pero Lucía más. Preguntaba si era normal. Evidentemente no lo era. Me sentía afortunado por ejemplo por haberme conseguido mi padre el flamante Opel Vectra en el que habíamos venido. Lo siguiente fué un curioso pub cercano en el que todas las paredes estaban llenas de cuadros a la venta. Sea como sea parecían fotocopias, no lienzos o bases pintadas a mano. Y no eran baratos. Hasta había uno de los personajes de Pulp Fiction disparando a una mujer que posaba elegantemente con un cigarro y una clara inscripción: "no smoking". También lo acompañaban numerosos recordatorios de la ley antitabaco. No parecía suficiente para reducir el número de colillas del suelo. Estuvimos allí hasta que cerró. Sin más anécdotas que pagar la puñalada de cuatro euros y medio por una ridícula Heineken. Y si vais a decir algo sobre la elección de la cerveza que sepáis que no había otra. Seguramente me hubiese compensado pedir agua con gas. Creo que tiene más sabor a cerveza. Empezamos a caminar hacia otro pub mientras jugábamos con un paquete de spaguettis secos que encontró Javi en el suelo. Dos llegaron a mis manos y toqué con cada uno una oreja de alberto mientras decía con voz exageradamente forzada: "Vouche facer coma ó porco do cortello. Aplicarche uns electrodos" Al enterarnos de que cobraban entrada decidimos irnos a dormir. Era más productivo. Sabíamos que quedaríamos fuera y que el coche estaba dentro. Pero vimos la valla levantada, asique aproveché y me colé al aparcamiento. Saqué el coche y lo dejé aparcado justo delante de la entrada. Nadie se dió cuenta. Curioso. Todos a dormir. Javi consiguió entrar en la residencia. Alberto y yo ni lo intentamos. Llamaríamos demasiado la atención. Al fin y al cabo Javi era el único que llevaba capucha. Ni con chaqueta dejábamos de sentir frío esa noche en el coche. Encendí el motor con la esperanza de que calentase, pero el ventilador seguía sin funcionar. Lo que ví muy extraño era que después de un rato la temperatura del refrigerante siguiese al mínimo mientras el aire que entraba por los conductos estaba ardiendo. Mucho más caliente que el de cualquier calefacción de coche habitual. Y aún así no era suficiente para acabar con el frío. Apagué todo por miedo a no sabía qué. Sólo supuse cierta una cosa. El coche había perdido agua otra vez. Pasamos más tiempo hablando que intentando dormir y al llegar al horario de visitas no dudamos en ir a la habitación donde nos esperaba un colchón inchable medio desinchado sobre el que me desplomé recibiendo un buen golpe del suelo. No me importó. Eso ya no era doloroso. Dormimos. Lo necesitábamos. Yo al menos lo necesitaba. Desesperadamente.
Madrid... al fin hemos llegado. El tráfico es algo estresante. Hay mucho coche insistente en usar los carriles más a la izquierda en la autovía, pese a circular a velocidades inferiores al límite. No importa, ya llegamos. Ahora hay que entrar en la ciudad y buscar el lugar al que nos dirigimos. Aún no tenemos ni idea de cuál es ese lugar, pero no importa. Nos limitamos a avanzar. Voy notando el cansancio al volante, pero nada alarmante. Me siento relajado. Alberto no tanto, que suplica una parada para descargar líquidos. No hay duda, estamos seguros de que lo vamos a pasar muy bien. Al llegar al primer semáforo llega el momento de la agradable conversación sobre meadas dentro de botellas. El humor sucio nunca desanima a nadie. Solamente al que no aguanta más. Después de ilustrarnos sobre la naturaleza de las necesidades fisiológicas, conseguimos orillarnos, descansar y llamar a las anfitrionas. Partimos de nuevo en busca de la plaza de Castilla. No teníamos ni idea de dónde estábamos, asique tardamos mucho en encontrarla. Incluso pasamos por debajo, quedándonos anonadados y pensando "¿y ahora qué?". Todo esto entre acelerones para rebasar tráfico, frenazos en semáforos, salto de algunos de estos, intentos de "placaje" de taxistas y autobuses (me da igual siempre que no estén más cerca que mis propios retrovisores, si no me pongo de muy mala hostia)... Al fin conseguimos llegar a la plaza de Castilla y ser guiados a través del teléfono hasta el colegio mayor. Tras una calurosa bienvenida subimos a las habitaciones, donde el ambiente era totalmente festivo. Daba igual que estuviese prohibido fumar. Simplemente la gente lo hacía hasta por los pasillos. El alcohol era bienvenido en todas partes. Para algo era viernes, y en Madrid no se puede beber en un pub. El precio hace que sea algo restringido a la alta burguesía. Tras algunas copas utilicé el ordenador de Elena para conectarme y ver lo muerto que estaba todo fuera de la habitación donde me encontraba. Asco solo. Mejor cerrar todo y seguir bebiendo. Y llega la hora de salir y ver ciudad. Hasta el momento diversión no nos falta. Las conversaciones están cargadas de humor y las sonrisas de alegría. La primera puñalada fué el taxi. Doloroso pero soportable. Ha sido un bajo golpe a nuestro reducido capital circulante. Sobreviviremos. Empezamos a jugar al fútbol con una zapatilla deportiva que encontramos en el camino, cuando, con la distracción, del suelo brota un agujero donde debería haber plantado un curioso arbolito ornamental. Evidentemente mi pié se retorció brutalmente al llegar a su interior. No podía ser menos. Antes siquiera de sentir el dolor ya anuncié públicamente mi nuevo y flamante esguince que me haría cojear toda la noche (y toda la semana, de hecho todavía sigo a la espera de que pase). Llegaba la hora del segundo puñal. Se trataba de un pub llamado "Copérnico". En sí el lugar no era un antro asqueroso, pero tampoco ningún lujo para cobrar 10€ la entrada. Y menos para escuchar la misma música que si enciendo la radio. Al menos daban consumición, pero que quede muy claro que el Brugal que me echaron en el vaso se me parecía más al contenido de otras botellas de las que ya he hablado antes sin demasiado detalle (lo cual es de agradecer). No fuí el único en advertirlo. Por lo demás había una chica totalmente desconocida que me tocó el culo y varias veces en el hombro para que me diese la vuelta. Siempre miraba para otro lado cuando lo hacía, pero tengo un campo de visión decentemente amplio, y la vi perfectamente. Tras haber insistido hice lo propio con su culo, a lo que respondió acercándose de forma considerablemente violenta y diciéndome: -Por tu bien, no vuelvas a hacerlo -Tranquila, sólo lo hice para que no te sientas sola- y me fuí a pedir mi consumición. He de decir que su cara era de infinita indignación cuando me dispuse a marchar de allí, pero supongo que la gente no es tan cruel como para vengarse de un cojo tocapelotas. Me alegro de que se sientan frustrados. Disfruto con ello. Al marchar de allí yo decidí irme a dormir al coche y dejar a los demás de fiesta. No quería amargarles la noche con mi estúpido pié. La verdad ellos tampoco querían seguir de pubs, asique después de haber preguntado a unas veinte personas si sabían dónde estaba la calle Duque Carapala (realmente era la calle Duque Pastrana, pero... ¿yo qué sabía?), cogimos todos taxi hasta la residencia. El taxista no dijo ni una palabra, pero yo hablé durante todo el camino, llegando a decirle que ya sabía que aguantar a borrachos a esas horas no era muy agradable, pero que el otro taxista había sido más amable. Desde ese momento al menos no estaba tan serio. Eso no cambió los casi 14 euros del viaje. La tercera puñalada. Tras llegar al destino, no deseaba otra cosa que acostarme en una cama mullidita y caliente, pero a la entrada del colegio, un hombre de aspecto hispanoamericano al que los residentes llamaban "machu-pichu" intervino y me cortó el paso: -¿Tú quién eres?- tenía ganas de responder "soy el ogro de las drogas" o algo así, pero el tipo parecía muy en serio, asique respondí: -El que viene a por su chaqueta para no pasar frío en el coche. -Lo siento, no puedes pasar, tienes que irte. -¿No puedo coger la chaqueta? -No, sal fuera, por favor. -Mein mutter! Das boot!- pretendía que sonase a maldición, y de hecho creo que sonó así. Salí fuera y encontré a Javi y a Alberto que acababan de llegar en el otro taxi. Los tres fuimos a dormir al coche. Maldecimos Madrid hasta la saciedad. Y su maldita helada nocturna. Encendí el motor para tener calefacción, pero a la media hora no había calor suficiente porque el ventilador se había estropeado. Magnífico. Espectacular. Glorioso. A penas tres horas después nos levantamos para entrar en la residencia. Ya estabamos en horario de visitas, asi que no hubo pegas. En dos camas entramos cinco personas, y como yo era el más lento por tener un esguince, no me pudo tocar otro sitio que el escalón entre las dos camas para dormir el próximo par de horas. Podría haber pedido compasión y seguramente alguien me hubiese cambiado el sitio, pero no estoy hecho para dar pena, asique allá fuí. Sin miramientos. Por supuesto no conseguí dormir y acabé conectándome un rato en el ordenador. Aunque alguna esperanza me dió en un principio hablar con varias personas, al final lo vi todo podrido. No podía sentir más asco. Más indignación: -¡Tengo hambre! ¡Vámonos a comer algo de una puñetera vez!- era el advenimiento de un cuarto puñal, esta vez en el Telepizza. Un sitio donde no habia más que un cuarto de cuatro metros cuadrados (no se confundan, dos metros de lado), aunque en realidad eran menos, donde las hamburguesas costaban ocho euros y la pizzas algo similar, y ninguna de las dos comidas iba precisamente sobrada de ingredientes. Por ese dinero en Ferrol tengo cordero. Como anécdota tuvimos que comer todos sentados en el bordillo de una acera mientras conversábamos con gitano de origen portugués que vivía en una chabola justo delate de donde estábamos haciendo el festín. Todavía no me explico cómo conseguía aguantar con toda su chatarra en plena "zona pija" de Madrid. Lo siguiente fué ducharse en los baños de chicas mientras cantábamos y decíamos gilipolleces sin parar ante el estupor general. Fué de lo mejor del fin de semana. Más tarde debíamos ir a buscar a Sara al aeropuerto. Alberto fué el encargado de llevar el coche. Al ir fuimos bien todo el camino, el problema fué al volver. Por supuesto, pese a tener tres móbiles con GPS, nos perdimos. Poco después de llegar ya estaba yo otra vez llevando el coche hacia donde teníamos que dejar a Sara y Ana en un concierto. Como no podía ser menos, en plena M30 se empezó a oler la desgracia. La temperatura del motor subía muy por encima de los cien grados. Perdía fuerza. Aproveché una ligera cuesta abajo para apagarlo y dejar que enfriase un poco. Entonces encendí de nuevo y me desvié en el primer sitio que encontré, pasé a una velocidad considerable por varios semáforos en ámbar y paré rápidamente en un vado. Salí corriendo (no, realmente cojeando) hacia un OpenCor (no se equivoquen, en esa zona no hay supermercados, las estafas se producen las 24 horas del día) y compré una garrafa de seis litros de agua no precisamente barata. Cuando volví junto al coche, ellas ya habian pedido un taxi. Yo me limité a llenar el depósito de refrigerante, al que entraron fácilmente unos tres litros y medio. ¿Cómo podía haber perdido tanto? Bajo el coche había una diminuta mancha de agua (si es que eso existe) al lado derecho, a la altura del bloque motor. Tendría sentido que perdiese por la junta del termostato o algún manguito por esa zona. Al volver, metimos el coche dentro del aparcamiento del colegio (cosa que no creo que viesen muy bien sus encargados). Por supuesto nos encontramos con la siguiente puñalada (ya perdí la cuenta), que no fué otra que cenar en el VIPS. Tras ver las hamburguesas a diez euros nos decantamos por una pizza de lo más básico. No, más básico aún. Si llevaba alguna tira de jamón cocido daba gracias. Por no decir que la bebida salía a un céntimo el mililitro. Exacto. Si pidiese un litro habría costado diez euros. Y no, no era alcohólica, era coca-cola. Pensamos morirnos allí a ver si por lo menos nos ahorrábamos la factura. Volvimos de nuevo a la residencia, a donde pensaba entrar a por la cazadora y de nuevo apareció un encargado que me cortó el paso y nos echó a los tres de una forma bastante brusca fuera del recinto. -No pasa nada, tranquilos. Yo tengo las bebidas.- Dije. Y al ritmo del cojo nos pusimos de camino al botellón. Increíblemente Madrid todavía no había acabado con nuestra paciencia y buen humor. Los gallegos somos duros, pese a acumular cantidades ingentes de rencor.
Sombras que se mueven en la oscuridad. Es imposible saber si son más oscuras que la negrura o no. Se mueven violentamente y atizan con fuerza mis ojos. Los rasgan como el papel. Están cerrados, pero siguen viéndolas y sufriéndolas en su interior. Todo se mueve, pero no se oye nada. Ni un ruído. Ni una voz. Rodean mi cuerpo tumbado en el medio de la nada. El suelo desaparece. No desaparece, más bien parece que nunca ha existido ni él ni su simple idea. Todo lo que veo y lo que no, aparece desde el infinito para fundirse a gran velocidad y de forma intermitente en un punto. Ni siquiera tengo la capacidad de concentración suficiente para localizar ese punto. Duele. Amarga. Agobia. El punto parece arrastrarme a mí también hacia su interior. Como un agujero negro. Es imposible saber lo que hay en él. Ni siquiera sé dónde está. Ni sé si es un punto. Y mientras me siento arrojado a una crueldad indescriptible, busco el infinito de donde todo aparece para fundirse en la nada. Lo busco desesperadamente mientras sigo siendo torturado por las sombras. Y sigo sin ver un color distinto que haga algo visible. Y buscando el infinito, el agobio es mayor. Infinito. Agorafóbico. Agarro con fuerza un cojín. Ni eso sirve. Agotado, intento evadirme. La almohada pierde su tacto natural. Ahora tengo los ojos abiertos, pero todo sigue igual. No lo soporto. A la mierda, enciendo la luz. Sé de sobra que no sirve de nada. No es un sueño. Está en mi cabeza. Ocurre a veces. Me levanto. Oscuridad en un cuarto con luz. Esto sí que no me lo esperaba. Ni moviéndome ni pensando en de qué color son las paredes. Ni bebiendo un vaso de agua. Ni fumando un cigarro consigo quitármelo de la cabeza. Sigo sintiendo que no puedo tocar nada, que todo lo demás lo hará por mí. Que sigo alejándome del infinito. Agorafóbico.
Me siento a la orilla de la cama. Estás apoyada sobre su respaldo, desnuda y dormida. Preciosa, como siempre, pero oscura y distante. La luz es escasa pese a ser plena mañana. De ello se ocupa un cielo nublado que asoma entre cortinas blancas. Las sábanas, arrugadas con suavidad, tiñen de blanco la siempre oscura y al mismo tiempo blanca habitación. Blancas paredes, blancos muebles, blancas páginas de un libro que reposa sobre tu regazo. Con los ojos cerrados sueñas una realidad distinta llena de color y sin tiempo para desteñirla. Y esos ojos se esconden tras enormes ojeras que te marcan como una penitencia. Sigo mirándote como si mirase a un espejo. Veo en ti mi misma desgracia, mi mismo cansancio. Tus labios no susurran. Callan para hacer que el silencio me siga atormentando mientras me pregunto miles de cosas. Te envidio en este momento por estar en un lugar mejor. Lejos de toda esta locura. Lejos de tus preocupaciones. Lejos de mis preocupaciones. Y mis preocupaciones convergen cuando un suspiro no es más que un suspiro y no dice nada. Cuando se acabaron las palabras bonitas y originales. Cuando el presente oculta el pasado en fotogramas en blanco y negro. Cuando al ver los recuerdos el día a día pierde brillo. Cuando la sensación de quedarnos un mundo de cosas por hacer se transforma en repetir una y otra vez algo que nunca se pareció a lo que buscábamos. Cuando todo lo que hacemos son cumplidos y no locuras. Cuando las sonrisas se agotan... no queda nada de juventud en unos ojos perdidos en el recuerdo. Perdidos en la indiferencia de algo que no fué más que una larga escapada. Algo que nunca fué real. Algo que duele más mantener que acabar y duele más acabar que mantener. No es un estado de ánimo. No acaba por si solo. Puede no tener fin. Puede acabar con la personalidad que hemos estado décadas construyendo. Puede destruír nuestra unión con el mundo. Nuestra relación con los demás. Nuestra propia vida. Sólo con verme reflejado en tu piel tengo la prueba de que no es necesario estar muerto para sentirse como tal. Y aún así, creo que estoy más vivo que nunca.
¡Sorpresa! Estás leyendo algo que va dirigido a ti. ¿No te sientes especial? Podías estar haciendo muchas otras cosas, pero no. Estás aqui gastando tu tiempo en esto y no sabes ni por qué lo haces. No es un trastorno ni algo involuntario. Lo lees porque quieres, por curiosidad. Lo lees como cualquier cosa que se cruce en tu camino y te llame la atención. Ahora mismo piensas en qué coño se me pasó por la cabeza para escribirte esto. Incluso dudas que vaya dirigido a ti. Sigues avanzando por curiosidad, esperando que diga tu nombre o el de otra persona, pero ese momento no va a llegar. Simplemente lo sentirás como propio. Puedo tratar de desconcertar, de hacer que te preguntes muchas cosas. Puedes llamarme loco, "colgao" y todo lo que quieras, no me importa. Siempre acabaré justificando cada una de mis palabras haciendo que todo tenga sentido. Incluso puedo hacerte comprender que algo que diga no lo tiene y así pasarías a entenderlo todo. Puede que te diviertas con la conversación o puede que te ponga de los nervios. Si es así dímelo y seré más prudente. Mi intención es tener una conversación agradable. Podría poner como temática los tres típicos temas del círculo de amigos, que vienen siendo mierda, sexo y churrasco, pero no es estrictamente necesario. Podemos hablar de lo que quieras. Puedes pasar a atacar tu con inverosimilitudes absurdas, que lo comprenderé. Pediré una explicación y si no me la das simplemente pensaré que querías vengarte de alguna de mis estupideces. No importa. Lo asimilaré. Puedes pasarte el rato intentando sacarme de quicio. Será difícil, pero puede que lo consigas. Soy humano. El problema de esta actitud sería acostumbrarte y tomarla con los demás. No todos somos iguales, asique no dejes que mi personalidad te cambie. Hazlo a tu manera o no habrá ni dios que te soporte.
Tras una larga conversación sigues sin oír ni una palabra. No es un monólogo. Aunque veas que no digo nada sabes lo que pienso porque te lo doy a entender. Sabes lo que me hiere y lo que me alegra. Mi cara permanece impasible, pero mi silencio son palabras acumuladas cual una conversación existencial. Puedo estar mirando la pared, o la pantalla del televisor, pero sabes que te estoy escuchando. Cada noche es la misma historia. Arreglamos el mundo o nos lamentamos de él. Tu con tus palabras. Yo con mis silencios. Mis locuciones son breves y sintéticas. Y mientras sigues con tus discursos me llenas la cabeza de historias, de problemas. Sé que no podría vivir sin esos problemas. Que si no me los contases sé que tendría que ir detrás de ti para pedirte que me hables de ellos. Sé que no están ahí para que los resuelvas tu sola. Al fin y al cabo son nuestros problemas. Hoy me salté el protocolo por una estupidez... quizá fuese algo parecido a Chernóbil, una especie de desorden momentáneo con terribles consecuencias. No tenía la intención de mostrarlo, pero no tuve más remedio. La culpabilidad me caracteriza, y no podía cargar con más en ese momento. Como dije, necesitaba alejarme de ti por un momento, borrarte de mi mente. No por enfadarme contigo, sino porque con tu sola presencia hacías que todo lo que estuviese pensando siguiese ahí. Y no sirve cambiar de tema porque yo nunca puedo dejar de pensar en lo hablado aunque comience otra conversación con la misma persona. Encalar la pared no hace que esta deje de ser de piedra. Necesito otra pared, gente que no me diga nada de lo hablado. Gente a la que no le debo tanto. Y cuando dije: "¿qué parte de "no quiero que estés conmigo ahora" no has entendido?" no pretendía herirte, ni decir algo cómico. Sólo quería quedarme solo para poder ordenarlo todo. Para poder desestimar mi culpabilidad y volver a hablar. Para recuperar los sentimientos y establecer una conversación normal. Siento haberte hecho ver lo que tengo dentro, el orden de mi mundo. No es un problema, es como soy. No puedo evitar que todo lo que pase por delante de mis narices se grabe con relieve en mi conciencia.
Veía los coches pasar tan cerca y rápido como podían del bordillo de la acera. No se les puede pedir nada, tienen prisa, no piedad. Cada uno que pasaba proyectaba sobre mí al menos un litro de agua que antes cubría el asfalto. Con este chaparrón se acabó el verano. Parecía más bonito que triste. El cielo se volvió oscuro. Todo parecía volver a la normalidad. Muchos transeúntes se vieron sorprendidos por la lluvia en ropa de verano. Se podria decir que era mi caso, pero no me importó. Mientras los demás corrían a refugiarse en los portales o bajo los balcones, yo seguí caminando. Tal vez más despacio que antes. Entonces perdí toda la prisa, el rumbo, el sentido. Ya no sabía hacia donde me dirigía ni me importaba. Ya que no veía a nadie conocido decidí imaginármelo. Suena a estupidez, pero si lo hago bien es posible que termine por creérmelo. Me planteé hacerlo bien. Caminé. Busqué. Miré coches, miré peatones. Miré peatonas. Vale, no las conocía, pero mirar es gratis. Miré a un joven que se acercabe de frente. Vi en su cara la expresión del que acaba de tomar una decisión y se arma de valor para llevarla a cabo. Excelente... iba a divertirme un poco. Me puso la mano en el pecho y paré en seco con expresión de "yo a ti te conozco". Él titubeó un momento, pero dijo: -¿No tendrás por ahí un eurillo para el taxi?- Me quedé un instante mirando para él y dije con una sonrisa: -¿Me paras así para pedirme un euro? ¿Pretendes que te tome en serio? Creo que tienes un problema de autoestima. Que te lo miren.- Su cara pasó por múltiples muecas de desconcierto. Supongo que quiso vengarse de la ofensa, pero dudó. Entonces seguí: -Yo a ti te he visto antes. Me suena tu cara.- En ese momento se dió la vuelta y siguió andando sin mirar atrás hasta estar a unos treinta metros. Por dentro de mi vibraba una sonora carcajada. No conseguí exteriorizarla más que con una cara de infinita indiferencia, pero me divertí. Al individuo no le conocía, por supuesto. Y él a mí tampoco. Hemos llegado al presente. Sigo caminando y empiezo a cantar en mi interior. La percusión son mis pasos. Bombo. Tom toms. Platillos. Y mi respiración fragua un ritmo trepidante fácil de reproducir con una guitarra mientras una voz que susurra bien alto estas mismas palabras. Miro al cielo prácticamente nocturno. El agua bate fuerte en mis ojos. Cada vez más agua. Sabe a vida. Sabe a libertad. Empieza la música y se acaban las pruebas. La multitud canta muy alto. Se mueve con fuerza. La acompaño. La sigo. Encuentro a mi alrededor las sonrisas de agrado que buscaba y sacudo el pelo mojando aún más a los que me rodean. Me conformo con una sonrisa ajena, mientras utilizo la mía para calmar hasta al más antipático. Siento que acaricio una melena castaña mientras se sacude y se gira mostrando otra gran sonrisa. Y nada para de moverse bajo la lluvia. Todo cruzado por un canto unánime frente a un escenario cuyas luces ponen al público de protagonista. Tras haberme preguntado si conocía la letra, agarré bien su cintura y cerca, menos cerca de lo que quería, pero cerca, empecé a recitar: "No vine aquí para hacer amigos pero sabes que siempre puedes contar conmigo..." Y entre el grito y la algarabía al menos yo sé que sigo caminando por una acera en plena tarde lluviosa mientras se acaba este agradable recuerdo de una noche cualquiera que supuestamente nunca existió. Ya dije antes que si rebusco en la imaginación puedo llegar a creerme la situación. Y si puedo convencerme a mí mismo, supongo que a los demás también. La vida y la libertad de la imaginación han vuelto a perderse en la rutina. http://www.youtube.com/watch?v=s06ZesIakhk&ob=av2n
Una vez más delante de este ordenador. Es posible que se aburra tanto de mi como yo de él. Prefiero no planteármelo. Esta vez me duele la cabeza y me encuentro cansado. Se han acabado los pañuelos y hay un repugnante trozo de papel higiénico encharcado de mocos en la mesa. Tengo los ojos rojos y me da asco hasta hablar. Sigo fumando, más por aburrimiento que por placer. El día se antoja nublado, para variar, y el coche está en el taller. Maldita sea, me apetecería ir hasta Prioriño y sentarme en las rocas un rato. Bonito lugar, parece mentira que esté cerca de Ferrol. Un buen sitio para quedarse mirando el mar como un idiota. Hay trabajo pendiente, pero las ganas de hacerlo hace mucho tiempo que se perdieron. Miro a cada rato si sale el señor mayor del piso de enfrente a fumar por la ventana, pero hoy no hay esa suerte, asique a aburrirse. Ni siquiera me apetece poner música. Lo único que oigo es el ruido de coches pasar sobre los charcos. Hoy tampoco pienso cocinar nada, iré a comer fuera. Suena el teléfono... malas noticias, la avería del coche se complica y será mucho más cara la reparación. Dí que sí, una buena patada a la mesa lo soluciona todo. No ha sido muy espectacular. Probaré con la botella de agua que hay en el suelo... mucho mejor, pero aun tengo que invocar a los venerados de tantas religiones como se me ocurran, en vano, por supuesto. No importa cuantas sean, el caso es agotar el repertorio. Es divertido, quizás sea la máxima del mal humor. Creo que ha llegado el momento de beber una cerveza, pero por supuesto, tras abrir la nevera no encuentro nada parecido. Me conformaré con la botella de licor café del salón. Está rico, creo que tomaré más. Enciendo una vela de estética funeraria. Me cago en buda, que antes se me había olvidado y empieza la fiesta. Me obligo a poner música, the Black Keys, por ejemplo. El resultado es satisfactorio y cojo una lista y empiezo a apuntar las piezas que quiero mirar en desguace para mi coche. Vaya lista, esto si es ambición. Es posible que todo esto sea más caro que el arreglo al que ahora mismo se está sometiendo. Puto dinero. A veces creo que debería atracar un banco. Pero luego no necesitaría tanto dinero. No sé si merece la pena hacer eso por un fajo de billetes y decir "con esto me basta, no quiero robar más, gracias y que pase un buen día". No me veo. Soy más cruel y más compasivo. Estoy como una puta cabra, y eso es lo que cuenta. Sonrío por devolverle la gracia a la vela y sigo cavilando. Ahora al menos no estoy fumando, me conformo con beber. Apunto a la tele apagada con mi dedo índice simulando una pistola y digo: "no será por mí que hables hoy, estúpida". (21 de abril de 2010)
El jinete cabalga por un hermoso bosque virgen donde la naturaleza brilla con todo su esplendor. Las rocas le obstaculizan, al igual que los verdes y mullidos arbustos, mientras escucha el cantar de los pájaros cual plena primavera. Esquiva ramajes y telas de araña constantemente, cosa que le exaspera. Es el primer ser humano en pisarlo aunque, como siempre, no se vale de sus propios pies. Se siente vivo, fuerte, capaz de seguir cabalgando para encontrar un lugar mejor donde pasar la noche. Poco a poco la vegetación va menguando, y con el tiempo empieza a ver diminutos poblados rupestres, algunos entre las rocas y hombres desnudos que se pasean en busca de animales de los que alimentarse. Son pocos e indefensos. Son parte del ecosistema, pero empiezan a imponerse sobre otras especies. Poco a poco se van haciendo más fuertes y sus útiles de caza van mejorando. Más adelante ya parece que las viviendas con techo se van haciendo algo más normal y el jinete puede ver algo nuevo en su trayecto: un claro en el bosque. En él asoman unos brotes de hierbajos que parecen haber sido plantados por los indígenas. Siente que el lugar se le va haciendo menos inhóspito, pero aún no le convence el desarrollo de esas gentes. Delante suya ya no ve tantos ramajes y bajo sus pies comienza a hacerse un hueco en la maleza. Poco tarda en aparecer el camino. Sigue avanzando, ahora más cómodamente y a un ritmo más acelerado. Puede ver que cada vez que ve a algún ser humano ahora llevan un atuendo bastante primitivo. Sus herramientas son más sofisticadas y las casas de los poblados parecen de piedra con techos de paja. Incluso puede ver jarrones de barro. El jinete se alegra. Está seguro que va por el buen camino. Tras un rato se sorprende: ha visto lo que parecía una espada. En esa zona y trabajaban el metal, posiblemente el cobre. Los fuegos que antes ocupaban el centro de los poblados dejan de verse, ahora asoman entre ventanas hechas sobre las paredes de las edificaciones. Ya no todas estas parecen viviendas. Se da cuenta de que hay animales dentro de algunas, aunque posiblemente ya ocurriese más atrás. También hay amplios campos de cultivo. El bosque se divide en amplias extensiones que rodean grandes llanuras. El jinete avanza ahora sobre un camino de piedra. Puede avanzar a mayor velocidad con menos esfuerzo y pasa rápidamente al lado de un carro tirado por una mula. También puede ver caballos pastando en los prados. Alcanza a ver lo que ya no parece una aldea, sino un pueblo. Los edificios además de estar construídos en gran variedad de materiales son muy distintos unos de otros, lo que hace pensar que sus usos deben diferir en gran medida. Las ropas de los lugareños parecen más elaboradas, incluso distingue fácilmente las de los campesinos y soldados, además de las de los pobres y los ricos. El jinete avanza con una gran sonrisa saludando amablemente a aquellos con los que se cruza. El poblado se termina, pero no tarda en aparecer una gran urbe con calles empedradas y grandes espacios monumentales. Hay bastantes excrementos en el camino, pero al ginete no parece importarle. Está maravillado con la hospitalidad que le brinda el lugar. Muchos lugares parecen inaccesibles a la mayor parte de la gente, pero él no tiene problema. Tiene riquezas suficientes para todo lo que necesita y más. Puede ver elegantes vestimentas, increíbles lugares de aseo, hermosas viviendas, ornamentos de toda clase, alimentos impensables poco más atrás e incluso casas dedicadas a comerciar con actividades sexuales. El jinete no da crédito a la diversidad que hay ante sus ojos. Todo se va refinando según avanza por un elaborado pavimento que separa a los viandantes (que ya ninguno va descalzo) de los caballos y carretas. Todavía queda tiempo antes del atardeces, asique el jinete sigue su andadura. La calzada de piedra desaparece de pronto y disminuye el ritmo de su marcha. Otra vez aparecen pequeños poblados, pero ahora son rudimentarios y pobres. Se arremolinan alrededor de elegantes construcciones militares. La gente del campo parece curtida y maltratada, mientras la que vive en los fuertes parece gorda y sedentaria. Pese a su aspecto, no renuncian a su condición de aristócratas y visten como si no tocasen un instrumento de trabajo en su vida. El jinete empieza a pensar que ha tomado el camino equivocado, pero decide avanzar al frente apretando el ritmo. Aún así no puede ir demasiado rápido. Ve lo que parece una ciudad amurallada. La calzada vuelve a aparecer, pero es ruda y agreste. Su efecto parece peor que el de un camino de tierra. Atraviesa el portón abierto de la muralla con desconfianza y ve un mundo de piedra. Parece al mismo tiempo rústico y monumental. Sin duda, es extravagante. Puede oler la humedad, los restos de basura y la podredumbre, cuando unos metros más adelante huele a las flores de un comercio. Quizás para celebraciones, quizás para difuntos. Mismo se encuentra una vieja casa a punto de derruírse, como pegada a su pared una elaborada e indestructible iglesia de ornamentos exagerados. Las calles son estrechas y se entremezclan los pies descalzos y los excrementos de animales. Al jinete no le gusta el lugar, asique sigue cabalgando. Decide salir a toda costa, sin mirar a su alrededor, donde fluyen multitud de distintas construcciones religiosas, militares y civiles que van creciendo en tamaño. Cruza jardines exageradamente grandes y pomposos, pasa al lado de fuentes enormes, de fachadas de mármol, de inmensas plazas bien pavimentadas sabiendo que todo no es más que la cara amable de una cruda realidad. En la lejanía puede ver pilas de cadáveres y mosquetes apuntándole. Gente furiosa y gente indiferente. Pasa por lugares donde la mierda del suelo es humana, y donde el orín se usa para curar infecciones. Donde las amputaciones son habituales. La guerra es más intensa ahora. Apretando al máximo a su caballo, el asustado hombre sen encuentra en una amplia llanura donde puede ver una negra humareda en la lejanía. Cada vez más cerca, comienza a sentir más miedo. Puede ver dos raíles metálicos a un lado del camino y por ellos se acerca una enorme bestia de acero que se acerca a gran velocidad. El ruído es ensordecedor. El jinete piensa: "esto es el fin" y azota a su caballo para pasar rápidamente por el lado del tren sin tocarlo. Al verse envuelto en una nube de humo negro, siguió frontalmente, creyéndose en el infierno hasta que se vió de nuevo ante el mundo. Se sintió feliz. ¿La bestia le había perdonado? No, simplemente no le había atacado. Sintió que no era todo tan violento como creía. Al calmarse decidió reducir la marcha, pero bajo sus pies apareció un extraño pavimento. El caballo se sentía cómodo sobre él y avanzaba a gran velocidad sin esfuerzo. Se sorprendió al pasar al lado de un hombre que circulaba sobre un artilugio de dos ruedas que no llevaba ningún animal que le propulsase. Hasta juraría que era el propio hombre el que movía el artilugio con sus piernas. La calzada se fué haciendo más ancha y pronto empezaron a aparecer edificios sumamente elaborados. Amplios ventanales, gruesas paredes de rojo ladrillo, balcones con barandillas de hierro, grandes chimeneas, oscuros tejados... El humo salía de todas partes, y a pesar de haber todavía luz al aire libre, también parecía haber luz amarillenta dentro de muchas construcciones. Las calles estaban sorprendentemente limpias, y veía algunos grandes artilugios moverse solos por ellas con gente dentro. Algunos emitían un estridente pitido al pasar al invitado y le bramaban: "échate a un lado". También los viandantes se sentían molestos con su presencia. Quiso salir de allí rápidamente, asique apretó la marcha sobre el suelo cada vez más efectivo. Sintió fuertes estruendos, grandes explosiones, atravesó grandes nubes de humo. Pudo ver pájaros de hierro, peces de acero, hombres de hierba... Pudo ver la desaparición de bosques, la matanza indiscriminada de hombres, la destrucción de todo lo que ellos mismos construían. Cerró los ojos mientras era atizado por arena de explosiones y salpicaduras de sangre. Siguió corriendo. Se acercaba el atardecer. Entre el polvo todavía brillaba el sol. Repentinamente desapareció toda violencia. Sólo quedaba destrucción. Familias enfermas y hambrientas, niños muertos, fusiles tirados en grandes pilas, escombros que dificultaban el camino... La angustia era un olor, era algo respirable. Poco a poco la destrucción fué desapareciendo para dar lugar a una extraña combinación de artilugios modernos y viviendas, al principio ruinosas, luego cada vez más elaboradas y extravagantes. Aparecieron imágenes que emanaban de extraños aparatos como si fuesen luces. Las calles empezaron a iluminarse de multitud de colores. La gente abarrotaba todo. El hombre debía cabalgar por la orilla de la calzada si no quería tener problemas. Los peatones parecían mofarse de él. Poco a poco, la oscuridad fue apareciendo tras las luces de farolas y coches ruidosos. Los edificios llegaban al cielo. Cada vez eran más altos y todo se hacía más y más sobrenatural. Llegó a estrmecerse. Miró a su lado en una calle y vió en la lejanía una imagen, un recuerdo. Vió un frondoso bosque virgen, no tan frondoso como el que una vez vió, pero se enamoró de él. Sintió que aunque tuviese que cabalgar otra noche, o aunque tuviese que ir andando iría hasta allí y dormiría entre la naturaleza, indefenso de los animales que en él habitan, con los bichos rondándole el cuerpo, sin importarle nada. Su caballo, sin recibir su orden, tuvo su mismo deseo y empezó a correr en esa dirección. El hombre, feliz de la decisión de su caballo, gritó de alegría. Según se acercaban veían que todo no era más que una imagen impresa. Un gigantesco cartel publicitario. Pese a sentir la decepción no se quiso parar. Saltó rápidamente una pequeña barrera de cemento y luego otra metálica. Ni un segundo después oyó el crujido de las piernas de su córcel y ambos salieron despedidos a gran velocidad entre cristales y trozos de plástico. Volaron golpeados por la furia de una amalgama de acero, vidrio, plástico y personas. Se golpearon contra el suelo tantas veces que quedaron irreconocibles. Y el último suspiro de ambos... su último suspiro fué de alivio.
El calor es abrumador. Mi piel quiere sudar, pero no encuentra restos de agua en la sangre que le puedan servir. Lo primero que noto es mi lengua rozar contra los dientes como una lija. Lo unico medianamente reconfortante que encuentro es el tacto de las sábanas, pese a que éstas me hayan dejado fuertes marcas por todo el cuerpo. El aire está demasiado caliente para poder respirar bien. Cada bocanada de aire es un verdadero suplicio. Me dispongo a abrir los ojos, pese a que se resistan férreamente y vislumbro una cálida claridad veraniega. Todo ello acompañado de un inquietante silencio. Puedo ver una botella de agua vacía, sin restos de haber contenido nunca una gota. Me incorporo lentamente y con la torpeza de un enfermo. Al fin la luz amarillenta deja que pueda ver mi habitacion sin deslumbrarme. Las arcillosas paredes me recuerdan, una vez más, mi bohemia forma de concebir el hogar. Un olor nauseabundo me toca el olfacto mientras mis artificialmente afilados dientes se asoman entre mis arrugados labios para saborear el ambiente. Es lo que busco, encontrarme esto cada mañana. ¿Alguna vez te diste cuenta de que los mayores placeres suceden a los mayores sufrimientos? Es algo natural, el dolor intensifica el placer que va después. El masoquismo existe y funciona, pero hay distintas formas de encontrarlo. Puedo sentir el dolor y el sufrimiento mientras camino por el pasillo, pero en todo momento tengo presente lo reconfortante que serán los momentos posteriores. La intensa sed es quizás el más peligroso de los sufrimientos. Quise hacerla tan intensa que casi me mata, pero ya estoy frente a la puerta. Me hago derrogar acariciando suavemente con mis mustias yemas su suave madera. Esto también es intencionado. El resto del camino es áspero e inhóspito, pero esa puerta es suave y delicada, como un premio para el perro que ha superado su prueba... pero no es más que el envoltorio de su comida. La empujo suavemente y dejo que me arrastre el instinto. Frente a mi, el verdadero banquete. Me voy metiendo lentamente en la bañera, mientras disfruto del frescor que me brinda la sangre de treinta personas que hay en su interior. Me ha costado pero lo he conseguido... está fresca y sabrosa. Entierro mi cabeza con la boca entreabierta para que el verdadero jugo de la vida inunde mi garganta con su sabor férreo y avinagrado. Es entonces cuando vivo de verdad, cuando me sumerjo en lo que una vez estuvo vivo y ahora me complementa. Ahora que mi sed está calmada llevo mi mano al fondo y agarro un pequeño objeto alargado que dejé sumergido a propósito. Nuestros dedos son extraordinarios: pequeños y duros. Realmente sabrosos.
Ayer fué un gran día. Me desperté con la intención de que fuera así. La intención tampoco cuenta, yo ya estaba quemado. Quemado de las fiestas, quemado de la gente, quemado de un verano no demasiado especial. Al menos me dejó buenos recuerdos. Ayer nada más levantarme y tras haberle pegado una patada a la mesilla de noche, aparece mi madre tendiéndome un ejemplar de "El Progreso" en la mano. "Recibe una brutal paliza de una banda de menores en Foz al salir en defensa de su hijo". La cara de mierda con la que me levanté no necesité molestarme en cambiarla. Era evidente que si mi madre me enseñaba eso era porque conocía a los implicados. Al leer la noticia no parecía haber más información que la del título, sólo que los jóvenes eran de Burela. Luego mi madre me ilustró. Por supuesto el suceso no se parecía en nada a lo que el periódico decía. La guardia civil arrestó indiscriminadamente a autores y testigos. Y ahora las malas lenguas hablan como el periódico y metiendo en el mismo saco a agresores y testigos. Claramente en esto hay intereses políticos de por medio, llegándome bastante cerca. Qué día más bonito, pinta bien. No veo tabaco por ninguna parte. Desayuno indecentemente y me voy al ordenador. Me alegro un poco el día hablando con la gente. Hasta me sentí algo mejor y me puse a escribir algo del Naseiro con actitud solemne y positiva. Coquetear por el chat dejó de ser una costumbre, pero he vuelto a hacerlo. Es una mierda, pero siempre es más fácil encontrar el momento así y no rodeado de gente que no deja sitio ni para mover la nuez. Acabé yendo al coche a por el tabaco y empecé a pasar una asquerosa tarde junto al ordenador, lejos de los libros que me amenazaban amontonados sobre el escritorio. Las hojas sueltas que sobresalen de sus páginas vibran con la corriente produciendo un molesto ruído cual palabras cargadas de indignación. Llegaron las cinco y, cansado ya de todo cogí la bicicleta y me fuí a San Cibrao (Porque sí). Fuí a ver si hacía una visita a mi padre, pero no estaba, asique me paseé un poco por allí antes de volver a Burela. El viento fuerte en contra no podía faltar. A la noche fuímos a foz. No tuve que conducir, nos llevaron, asique la ginebra empezó a fluír. Bebimos, cantamos y gritamos "ieeee" (costumbre popular). Parándome a hablar con un compañero de penurias de Ferrol perdí al resto de la compañía, así que me fuí con él, su novia y una amiga para pasar el mejor momento de la noche: el baño en la Playa. Los dejé cuando recibí un mensaje: "dolce vita". Allá fuí yo y entrando en el pub me recibe con una sonrisa perfecta de la que casi me enamoro para presentarme a su madre y compañeras de trabajo. Posteriormente me sentí arrastrado de un lado para otro sin sentido, para acabar en la Zooropa. Bailar tonterías, quitarse medio atuendo, cantar y beber fué lo que hicimos todos ya reencontrados. Se sacaron fotos muy indecentes. Demasiadas. Cuando oigo decir que se va el autobús ya llevaba regalando cariño, besos y mordiscos un buen rato. Cuando daba un beso una carita se giraba y miraba para otro sitio. Mal. Error. Repito la operación. Fracaso. Me alejo. Se acerca. Baila. Vuelvo a entrar. Nada. Me alejo de nuevo. Ya no se acerca. Estupendo. Ya puedo hacer lo que quiera. Error. Ella vuelve y pregunta por alguien que no sé donde está. Se queda y baila. Me agarra de una mano y me lleva entre la gente a un hueco libre. Bien. Otra vez a la faena, siempre con preliminares. Nada, hasta escuché un "no", pero su cara seguía sin ser seria. Se estaba divirtiendo, pero yo ya me cansé. Me dediqué a hacer el idiota. Cuando me dispuse a salir hacia el bus me acerqué a ella y le besé el cuello. Ella hizo lo mismo. ¿Cómo? No es posible. Subí un poco la cabeza y mientras la miraba a los ojos rozándonos la nariz dijo "no". Esto sí que me desconcierta. ¿Me quería para darle celos a alguien o qué? La indignación es lo único que se me ocurre para acabar con esto a la espera de que alguien me lo explique. Mientras tanto perdí el autobús. Para más desconcierto a una amiga mía le pegaron una paliza y hubo que llevarla al hospital. Al menos de paso me llevaron a casa. Creo que fué un día expléndido para recibir un giro.